Muere Elie Wiesel: la voz de las víctimas y el hombre que sentó a Dios en el banquillo de los acusados

Publicado en Humano, creativamente humano el 19 de julio de 2016

“I believe firmly and profoundly that anyone who listens to a witness becomes a witness. So, those who hear us, those who read us, those who learn something from us they will continue to bear witness for us”, Elie Wiesel

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(Elie Wiesel, 2012. Foto de David Shankbone)

Mueren las últimas voces

Van muriendo las últimas voces de la Shoah. Pero en los libros de aquellos supervivientes de la barbarie se encuentran las voces de todos los gaseados, todos los mutilados, todos los ahorcados y todos los masacrados. Esas voces chillan con agonía, y pocos parecen hoy escucharlas.

Elie Wiesel murió el sábado 2 de julio, en Manhattan. Tenía 87 años. La obra de Wiesel es un grito contra el racismo y contra la barbarie, y es imprescindible que siga oyéndose en este siglo de políticas de ultraderecha, neonazismo, racismo, xenofobia, islamofobia y homofobia.

Auschwitz y Buchenwald

Wiesel nació en Sighet (Transilvania, hoy Rumanía) el 30 de septiembre de 1928. A los 15 años llegó a Auschwitz. Allí le quitaron el nombre y la dignidad, y le tatuaron el número A-7713 en el brazo izquierdo. Allí perdió a su madre y a su hermana menor. De Birkenau pasó junto a su padre, Shlomo Wiesel, a Buna (Auschwitz III, Auschwitz-Monowitz o Monowitz-Buna, donde estuvo también prisionero Primo Levi). En enero de 1945, 9 horas antes de la liberación de Auschwitz por las tropas soviéticas, Elie fue forzado, junto a su padre, a la marcha de la muerte (70 kilómetros a pie, en la nieve) rumbo a Gliwice. Allí, pasados tres días sin comer, fue enviado a Buchenwald junto a su padre en un tren de mercancía. En Buchenwald estuvo 3 meses más, y allí perdió a su padre. Desde su litera, el joven Wiesel observó sin moverse cómo un SS le destrozaba la cabeza a su padre agonizante, a la vez que su padre gritaba delirante el nombre de su hijo. Posiblemente su padre aún respiraba cuando fue llevado al crematorio. Elie no se perdonó jamás no haber ayudado a su padre, no haberle dado la mano en el último momento, aun sabiendo que ello le hubiera causado la muerte, y vivió con esa culpa toda la vida.

Buchenwald era un complejo gigantesco. En abril de 1945 contaba con 49.000 prisioneros. El 7 de abril los macabros SS empezaron a evacuar el campo y forzaron a 28.000 prisioneros a la marcha de la muerte. Cuatro días después, el 11 de abril de 1945, las tropas norteamericanas liberaron Buchenwald. En el campo, que rebosaba de cadáveres, quedaban unos 21.000 prisioneros esqueléticos y enfermos (entre ellos, 1.057 niños y adolescentes). Elie Wiesel era uno de ellos.

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(En esta famosísima foto de Buchenwald tomada 5 días después de la liberación, Elie Wiesel se halla en la segunda fila empezando desde abajo, el 7º desde la izquierda. Buchenwald, 16 de abril de 1945. Foto de Harry Miller. USHMM)

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(Soldados norteamericanos observando los cadáveres en Buchenwald. Después de la liberación. Foto tomada entre el 11 y el 15 de abril de 1945. Fotoarchiv Buchenwald© Gedenkstätte Buchenwald und Mittelbau-Dora. Cortesía del Gedenkstätte Buchenwald und Mittelbau-Dora)

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(Tres niños supervivientes de Buchenwald: Romek Wajsman –prisionero número 117098–, Janek Szlajtsztajn –prisionero número 116543– y Dawid Perlmutter –prisionero número 116730. Buchenwald. Después de la liberación. Fotoarchiv Buchenwald © Gedenkstätte Buchenwald und Mittelbau-Dora. Cortesía delGedenkstätte Buchenwald und Mittelbau-Dora)

Sighet, los guetos y los transportes

Sighet, la ciudad natal de Wiesel, era una ciudad rumana que a partir de 1940 (gracias a un acuerdo entre la Alemania nazi y la Italia fascista) pasó a formar parte de Hungría.

En La Nuit, la famosa novela autobiográfica de Wiesel (publicada en francés en 1958), Wiesel narra la deportación de los judíos de Sighet a Auschwitz, la “vida” en el KZ, las selecciones, el derrumbe de Dios y la marcha de la muerte, y habla del hambre, la desesperación, el miedo y los crematorios. La novela se había publicado dos años antes (en 1956) en yiddish bajo un título mucho más acertado: Un di Velt Hot geshvign (Y el mundo permaneció callado), y contenía más de 800 páginas. La versión francesa fue reducida a 200 páginas.

En 1941 fueron deportados de Sighet los judíos “extranjeros” (judíos polacos y rusos). El 27 y 28 de agosto de 1941 23.600 hombres, mujeres y niños judíos polacos y rusos que habían sido deportados de Rumanía y Hungría fueron masacrados por los sangrientos Einsatzgruppen uno por uno, con un tiro en la nuca. A los bebés los lanzaban al aire y los ametrallaban. Wiesel cuenta en La Nuit que un judío sobrevivió a la masacre y volvió a Sighet para contar el horror que había visto, pero nadie le creyó.

Cuando Elie y su familia oyeron en la radio en 1943 los horribles ataques antisemitas que estaban sufriendo los judíos de Budapest, Elie le suplicó a su padre que huyeran a Palestina. Pero la gente decía: los alemanes no vendrán hasta aquí.

Muy pronto empezó el viaje que conduciría a más de 10.000 hombres, mujeres y niños judíos de Sighet a las cámaras de gas. Primero, los alemanes prohibieron a los judíos salir de sus casas durante tres días. Pasados esos tres días, se les obligó a llevar la estrella amarilla. Luego, se les prohibió entrar en los restaurantes, Cafés y sinagogas, y se les prohibió salir después de las 18 h. Luego, el gueto.

En tres días (del 18 al 20 de abril de 1944) los nazis cercaron con alambradas de púas a todos los judíos en dos guetos: uno grande y uno pequeño. Elie y su familia estuvieron en el gueto grande. Luego pareció que todo volvía a la normalidad. Mejor estar en un gueto, pensaban los pobres judíos: aquí no hay antisemitismo: sólo judíos que se ayudan entre sí. La mayoría de los judíos creía que estarían en el gueto hasta finalizar la guerra.

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(Uno de los guetos de Sighet después de la deportación de los judíos. Sighet, mayo de 1944. USHMM)

Un mes después, alguien dijo que había oído una noticia horrible: los transportes. Del 17 al 21 de mayo, los 14.000 judíos de los guetos fueron deportados en 4 transportes (vagones de animales) a Auschwitz-Birkenau. Casi todos fueron directos a las cámaras de gas.

“… on arriva dans une gare. Ceux qui se tenaient près des fenêtres nous donnèrent le nom de la station:

–Auschwitz.

Personne n’avait jamais entendu ce nom là”. (Wiesel, La Nuit, p. 67)

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(Deportación de hombres, mujeres y niños judíos de Sighet a Auschwitz, 18 de mayo de 1944. USHMM)

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(Deportación de hombres, mujeres y niños judíos de Sighet a Auschwitz, mayo de 1944. Yad Vashem)

El humo negro

Elie vio una gran chimenea de donde salía un humo negro que apestaba a carne quemada. Ya habían llegado: Birkenau. Un SS gritaba: hombres a la izquierda, mujeres a la derecha. Elie se separó de su madre y sus tres hermanas. Luego, la famosa selección: a la derecha, trabajos forzados. A la izquierda, la cámara de gas.

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(“The Gate of Death”, entrada a Auschwitz-Birkenau. Foto de Stanisław Mucha. Cortesía del Auschwitz-Birkenau State Museum)

Las dos hermanas mayores de Elie (Beatrice y Hilda) sobrevivirían Auschwitz y se reunirían más tarde con Elie en Francia en un orfanato. Su madre y su hermana menor Tzipora (de 7 años) fueron gaseadas. Elie y su padre sobrevivieron a la primera selección gracias a un prisionero que les dijo, justo antes de la selección, que mintieran sobre su edad. Les preguntó rápidamente qué edad tenían. “15 años”, dijo Elie. “50 años”, dijo el padre de Elie. “No”, dijo el prisionero: “18 y 40”. Cuando el sádico Mengele le preguntó a Elie en un tono casi paternal qué edad tenía, él dijo: “18”.

Elie vio ese mismo día algo que le desgarró: camiones descargando bebés vivos en fosas con llamas. ¿Cómo era posible que estuviera sucediendo algo tan abominable y que el mundo se callara? se preguntaba Wiesel.

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(David Olère, [¿título?], Guetto Fighter’s House Museum, Western Galilee)

“Comment était-il possible qu’on brûlait des hommes, des enfants et que le monde se tût?” (Wiesel, La Nuit, p. 76)

La pérdida de la fe y la rebeldía contra Dios

Esa misma noche, la primera noche en Auschwitz, Elie empezó a perder su fe. ¿Cómo era posible que un dios benevolente y todopoderoso estuviera permitiendo ese horror? Elie, que había sido educado en un ambiente religioso, se negó a rezar.

“Jamais je n’oublierai cette fumée.

Jamais je n’oublierai les petits visages des enfants dont j’avais vu les corps se transformer en volutes sous un azur muet.

Jamais je n’oublierai ces flammes qui consumèrent pour toujours ma foi (…)

Jamais je n’oublierai ces instants qui assassinèrent mon Dieu et mon âme …” (Wiesel, La Nuit, pp. 78, 79)

El testimonio de Wiesel es de un valor incalculable. Además de describir la inmensa máquina de exterminio creada gracias al alemán y al austríaco común que abrazó feliz el nazismo y su cruel antisemitismo (y gracias también, no olvidemos nunca, al Vaticano que calló cuando millones de hombres, mujeres y niños eran deportados a los campos de concentración y exterminio nazis), la obra de Wiesel es interesantísima porque hizo tambalear la supuesta benevolencia de un dios cutre y diminuto que mandó a 1.500.000 niños inocentes a las fosas comunes y a los crematorios.

Elie confiesa en La Nuit que no había renegado de la existencia de Dios, pero que dudaba tremendamente de su justicia y su bondad. ¿Dónde estaba Dios cuando centenares de miles de hombres, mujeres y niños agonizaban en las cámaras de gas? ¿No era acaso grotesco venerar a Dios en medio de tantos cadáveres y tanta crueldad?

La noche de Rosh Hashanah (רֹאשׁ הַשָּׁנָה‎‎), el 18 de septiembre de 1944, los prisioneros de La Buna rezaban. Elie se preguntaba cuál era el sentido de rezarle a un dios que estaba permitiendo tanta atrocidad:

“Pourquoi, mai pourquoi Le bénirais-je? Toutes mes fibres se révoltaient. Parce qu’Il avait fait brûler des milliers d’enfants dans ses fosses? Parce qu’Il faisait fonctionnier six crématoires jour et nuit les jours de Sabbat et les jours de fête? Parce que dans Sa grande puissance Il avait crée Auschwitz, Birkenau, Buna et tant d’usines de la mort?” (Wiesel, La Nuit, pp. 128, 129)

Dios, si es que acaso existía, era pequeño e impotente, o malvado y cruel; una de dos.

El juicio contra Dios

Cuando era niño, antes de Auschwitz, Elie imploraba el perdón de Dios, por sus pecados. En Auschwitz era Elie quien acusaba a Dios. Dios debía ser perdonado por permitir los hornos crematorios, las masacres de los bebés, los tiros en la nuca, el hambre y la esclavitud.

El día de Yom Kippur (יוֹם כִּפּוּר) –el día del gran perdón, el día en el que supuestamente Dios decide si seguimos viviendo o no– los judíos religiosos ayunan por poco más de 24 horas. ¿Debía él ayunar?, se preguntaba Elie el 27 de septiembre de 1944. En Auschwitz ya se ayunaba todos los días del año. El padre de Elie le prohibió que ayunara. Y Elie ya no aceptaba el silencio de Dios. Devorando su diminuta porción de sopa aguada, el joven Elie protestaba y se rebelaba contra Dios.

Blumenthal sostiene en Facing the Abusing God. A Theology of Protest la coherente tesis de un dios cruel y abusador, y afirma que Dios debería pedir perdón a los judíos por haber consentido el Holocausto.

Wiesel publicó en 1979 la obra de teatro Le procès de Shamgorod tel qu’il se déroula le 25 février 1649, traducida al inglés el mismo año por su mujer, Marion Wiesel, como The Trial of God. La obra, brillantemente escrita, es una historia desgarradora situada en el s. XVII  que cuestiona la bondad de Dios y lleva a Dios a juicio por permitir los pogromos contra la comunidad judía de un pueblito perdido. Desgraciadamente, la edición original en francés está agotada. El juicio es una obra de teatro de Purim (פורים), Purimschpiel, llevada a cabo en la taverna de Berish por tres ministriles, Berish (que hace de fiscal), María (que representa al pueblo), Dios (que está ausente y es el acusado) y Sam, el Stranger (que hace de abogado defensor). Berish, el único hombre superviviente de la masacre, decide juzgar al juez supremo:

“… let’s stage a trial! Against whom? … Against the Master of the universe! Against the Supreme Judge!” (Wiesel, The Trial of God, p. 55)

Berish acusa a Dios de hostilidad, crueldad e indiferencia. ¿Dios odia a los judíos o es indiferente con ellos? ¿Dios tiene conocimiento de tanta atrocidad o se niega a ver la barbarie? En ambos casos, Dios es culpable:

“I –Berish, Jewish innkeeper at Shamgorod– accuse Him of hostility, cruelty and indifference. Either He dislikes His chosen people or He doesn’t care about them (…) Either He knows what’s happening to us, or He doesn’t wish to know! In both cases He is … guilty!” (Wiesel, The Trial of God, p. 125)

El Talmud (תלמוד) dice que la benevolencia de Dios se llama compasión, misericordia. ¿No prueba acaso la Historia que Dios, si existe, no es misericordioso? Wiesel describe en La Nuit la pérdida de la fe de un rabino judío polaco de Auschwitz que siempre rezaba en su Block. Un día le dijo a Wiesel:

–C’est fini. Dieu n’est plus avec nous. (Wiesel, La Nuit, p. 142)

¿Dónde estaba Dios? En Auschwitz, desde luego que no. ¿Cómo podía estar Dios entre los niños masacrados, los hombres que eran condenados a las selecciones “sorpresa” dentro del campo, y los prisioneros moribundos? No, Dios no podía estar en Auschwitz. Tal vez no estaba en ninguna parte… El rabino, un tanto avergonzado, le confiesa a Wiesel:

“J’ai des yeux aussi, et je vois ce qu’on fait ici. Où est la Miséricorde divine? Où est Dieu? Comment puis-je croire, comment peut-on croire à ce Dieu de miséricorde? (Wiesel, La Nuit, p. 142)

Akiba Drumer, prisionero judío, también perdió la fe en Auschwitz, justamente antes de ser seleccionado para la cámara de gas. Pobre Akiba: lo único que le pidió a los demás prisioneros fue que recitaran por él el Kaddish (קדיש) –la plegaria de los muertos–. Sí, pensó Wiesel: cuando veamos el humo de la chimenea de Birkenau, pensaremos en Akiba. Pasados tres días, cuenta Wiesel, Wiesel y los demás prisioneros estaban tan hambrientos y tan agotados que se olvidaron de recitar el Kaddish por Akiba, el cual había agonizado en la cámara de gas.

Uno de los puntos más interesantes de The Trial of God es que Berish (el que acusa a Dios) no ha abandonado su fe. Él, posiblemente al igual que Wiesel, sigue creyendo en Dios, pero en un dios que es cruel, hostil e indiferente a las matanzas, en un dios responsable de la barbarie y culpable. Berish grita que, sin renegar de su religión, se rebelará contra Dios hasta su muerte:

“I lived as a Jew, and it is as a Jew that I shall die –and it is as a Jew that, with my last breath, I shall shout my protest to God!” (Wiesel, The Trial of God, p. 156)

Una noche en Auschwitz, Wiesel fue testigo de un juicio contra Dios llevado a cabo por tres rabinos. Dios fue declarado culpable por dejar que sus hijos fueran masacrados. Después del juicio contra Dios, los tres rabinos se pusieron a rezar. Ésta es la génesis de The Trial of God.

A la respuesta de ¿qué hacía Dios mientras hombres, mujeres y niños eran enviados a las cámaras de gas? el judaísmo responde: dejaba que la humanidad continuara existiendo. Pero, ¿no murió acaso la humanidad en Auschwitz?

La impunidad de los verdugos y el olvido de las víctimas

Según Viktor Frankl, la pregunta correcta no es ¿dónde estaba Dios en Auschwitz? sino más bien ¿dónde estaba el hombre? Lo cierto, pienso yo, es que en Auschwitz no estuvo ni el hombre ni Dios. Auschwitz fue permitido por el hombre y permitido por Dios. Y ni el hombre ni Dios fueron castigados por ello. La Historia nos ha enseñado (y nos muestra cada día) que un sinfín de holocaustos son posibles. A mayor el crimen, menor el castigo. Después del Holocausto, “nadie” resultó ser culpable del horror: todos escaparon de la culpa y la responsabilidad: la inmensa mayoría de los SS no fueron responsables ni culpables, el alemán y austríaco común que colaboró feliz en la humillación, tortura y asesinato de millones de hombres, mujeres y niños no fue responsable ni culpable, Eichmann no fue responsable ni culpable (¡él sólo era un funcionario alemán que cumplía órdenes! –si le hubieran ordenado matar a su padre lo hubiera hecho sin dudar, escribe Arendt en Eichmann in Jerusalem–), y, por supuesto, Dios tampoco fue ni responsable ni culpable.

Wiesel afirma en La Nuit que olvidar a las víctimas es matarlas por segunda vez. Pero también escribe que 10 años después de Buchenwald el mundo ha olvidado la barbarie. Alemania es un estado soberano y tiene un ejército poderoso. Los verdugos siguen vivos y los criminales de guerra se pasean tranquilamente por las ciudades alemanas.

Yo me rebelo contra el discurso naif de “No olvidar”, porque considero que es evidente que no hay que olvidar. Más grave me parece que Alemania y Austria nunca hayan pagado (y nunca pagarán) las atrocidades que cometieron. Ese es el verdadero escupo sobre los cadáveres de las millones de víctimas masacradas.

Mucha gente opina que como no se enjuició a los nazis en los años 50 ni 60 ni 70 ni 80 ni 90 ya no tiene sentido hacerlo. Sí que tiene sentido. Yo creo firmemente que hay que enjuiciar a todos aquellos viejitos alemanes y austríacos ex-nazis que siguen aún vivos. Esos viejos de cabellos plateados y dulce sonrisa eran los que en los años 40 disparaban contra hombres, mujeres y niños inocentes, y los que introducían el Zyklon B por la pequeña ranurita de la cámara de gas donde se hallaban hasta 2.000 hombres, mujeres, niños y bebés desnudos, apretujados y petrificados.

Lo crucial es que cada uno de esos viejos fue una pieza INDISPENSABLE en la espeluznante maquinaria exterminadora de millones de inocentes. Consciente y fríamente, fieles hasta la médula a su macabra ideología que ordenaba abiertamente discriminar y matar a hombres, mujeres y niños, un millón de SS (Schutzstaffel)cumplió su trabajo a la perfección. ¿Cuántos han sido enjuiciados? Apenas unos mil. ¿Qué ha sido de los 999.000 SS restantes? Por ahí andan los que aún están vivos, y se pasean por las calles de Berlín, Viena y otras ciudades alemanas, austríacas o lationoamericanas, libres y felices.

¡Ay, cómo le gustaría a uno poner a esos millones de ex-nazis en una gran cámara de gas! Pero, claro, no es posible. Uno no puede rebajarse así, perder la propia humanidad y devenir un monstruo como ellos. Por ello hay que enjuiciarlos. Pero la justicia apesta, los verdugos siguen vivos y libres, los alemanes y los austríacos de hoy apenas sienten remordimiento alguno por el Holocausto que sus abuelos y bisabuelos produjeron, y ya nadie quiere recordar a las víctimas.

Yo pienso que sólo los supervivientes de la barbarie pueden perdonar a sus verdugos. Sólo Elie Wiesel, Primo Levi, Viktor Frankl, Borowski, Moshe ‘Ha-Elion, Shlomo Venezia, Filip Müller y otros miles de supervivientes pueden o pudieron permitirse el lujo de perdonar a esos asesinos. Los demás, los que no estuvimos allí, los que no perdimos a nuestra madre, nuestro padre, nuestra hermana, nuestro hermano, nuestra hija y nuestro hijo en las cámaras de gas, en el KZ o en las masacres no podemos perdonar. Por amor a la humanidad y por respeto a las víctimas, el perdón a los millones de asesinos que hicieron posible el Holocausto es imposible. Por ello, es imprescindible enjuiciar a los culpables.

Es verdad que el juicio contra los culpables no resucitará a los muertos. Pero la impunidad de los verdugos ¿no es acaso escupir sobre el sufrimiento de las víctimas? Juzgar a los culpables es lo mínimo que el mundo puede hacer por las víctimas. El juicio será tal vez inútil de cara a las víctimas, pero no será un sinsentido: “Our judgment may prove useless but not meaningless!“, grita Mendel en The Trial of God[1]. Tampoco es un sinsentido ser crítico con Dios por permitir tanta atrocidad. Pero al mundo poco le importa ya las víctimas del Holocausto.

El Holocausto debe en gran parte su horror al asesinato premeditado de 1.500.000 niños (1.200.000 niños judíos y 300.000 niños zíngaros). Fraijó afirma que no hay nada más terrible y más injusto que el sufrimiento de los niños, y que la respuesta más difícil es la respuesta al sufrimiento de los niños. La masacre de los niños es lo que realmente hace tambalear la fe: “Ya antes de Dostoyevski y Camus sabíamos que el dolor de un niño es el mayor escándalo con el que se enfrenta la fe en Dios. Si existe Dios, la tarea más ardua con la que habrá de enfrentarse al final de la historia será la de explicarnos la enfermedad, el hambre, el dolor y la muerte de los niños” (El sentido de la historia, p. 243). Para el ateo, la respuesta al mal y al sufrimiento de los niños es sencilla: Dios no existe. La religión es una creación humana (Feuerbach), un valor decadente (Nietzsche), una neurosis y una ilusión (Freud), un legado puramente cultural (Russell) o la negación de la libertad humana (Sartre).

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(Zinowij Tołkaczew. Flowers in the snow. Ciclo Flowers of Auschwitz. Tinta india sobre cartón, 30,5 x 22 cm, 1945. Cortesía del Auschwitz-Birkenau State Museum)

La pregunta por el sufrimiento de las víctimas queda sin responder. Pero el silencio y el olvido son, como apunta Wiesel, un segundo asesinato. Tal vez la única respuesta posible sea el grito, la denuncia, la crítica, la responsabilidad, el recuerdo, el dolor y la empatía por el sufrimiento de las víctimas de la humanidad.

Vuelta a Francia y EEUU 

En junio de 1945 Elie fue enviado a Francia junto a otros 427 niños de Buchenwald. Tenía 16 años. Allí se reunió con sus dos hermanas mayores (que habían sobrevivido Auschwitz). La OSE (Oeuvre de Secours aux Enfants) movilizó a los 1.057 niños de Buchenwald y envió a 427 niños a Francia, 280 a Suiza y 250 a Inglaterra. Como los niños andaban con harapos, vistieron uniformes de la Hitlerjugend. En un principio, la gente que vio pasar los trenes con niños vestidos con uniformes nazis se enfureció muchísimo, así que tuvieron que escribir inmediatamente en los vagones “KZ Buchenwald orphans”.

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(Niños judíos supervivientes de Buchenwald. Elie Wiesel es el chico del centro. Ambloy, Francia, 1945–1946. Cortesía del USHMM)

Wiesel estudió Literatura y Filosofía en La Sorbonne, en París. Se ganó la vida dando clases de hebreo, traduciendo y escribiendo, y devino periodista. En 1955 se mudó a New York.

La Nuit tuvo buena crítica, pero en los primeros 18 meses sólo se vendieron 1.046 ejemplares. Nadie quería oír hablar del Holocausto. El juicio de Eichmann en 1960 cambió un poco las cosas. Hoy La Nuit es una de las obras clave de la literatura de la Shoah, junto a los testimonios imprescindibles de Primo Levi (Se questo è un uomo), Viktor Frankl (… trotzdem Ja zum Leben sagen. Ein Psychologe erlebt das Konzentrationslager / Man’s Search for Meaning), Moshe ‘Ha-Elion (En los Kampos de la Muerte), Tadeusz Borowski (Pożegnanie z Marią / This Way for the Gas, Ladies and Gentlemen), Shlomo Venezia (Sonderkommando. Dans l’enfer des chambres à gaz) y Filip Müller (Sonderbehandlung. Drei Jahre in den Krematorien und Gaskammern von Auschwitz Eyewitness Auschwitz. Three Years in the Gas Chambers).

En 1969 Wiesel se casó con Marion (quien tradujo varias obras suyas) y tuvieron un hijo, Shlomo Elisha Wiesel (que hoy tiene dos hijos). Marion y Elie estuvieron juntos casi 50 años. Shlomo Elisha Wiesel dijo en el funeral de su padre: “My father questioned God’s decisions. I questioned his existence[2].

Wiesel fue profesor de Literatura, Filosofía y Teología en la Boston University durante 40 años (desde 1976 hasta su muerte), dio muchísimas conferencias y fue una figura inolvidable para todos aquellos jóvenes que tuvieron la suerte de escucharle.

Un gran defensor de los derechos humanos

Wiesel escribió unas 40 obras (memorias, novelas y ensayos, dos Cantatas y dos obras de teatro). En 1986 recibió el Premio Nobel de la Paz. El mismo año fundó con su mujer la Elie Wiesel Foundation for Humanity.

En junio de 1987 Wiesel testificó en el juicio contra Klaus Barbie, el carnicero de Lyon. En el juicio Wiesel dijo que el asesino mata dos veces: la primera, matando; la segunda, borrando las huellas del asesinato.

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(Elie Wiesel testificando en el juicio de Klaus Barbie, Lyon, 1987. Dibujo de René Díaz. Cortesía de Yad Vashem)

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(Elie Wiesel testificando en el juicio de Klaus Barbie, Lyon, 1987. Dibujo de David Rose. Cortesía de USHMM)

Elie Wiesel fue un gran defensor de los derechos humanos y, además de ser una de las voces del Holocausto, condenó el genocidio armenio, el racismo en Sudáfrica, las matanzas en Bosnia, Ruanda y Sudán, y las dictaduras latinoamericanas.

Wiesel luchó toda su vida contra el racismo, la intolerancia, la injusticia y la indiferencia. Lo contrario del amor no es el odio, decía Wiesel: es la indiferencia; y lo contrario de la vida no es la muerte: es la indiferencia.

La voz de Elie Wiesel seguirá resonando en todos aquellos que lean su obra.

HALLOWEEN-2015-TODOS.JPG Antonia Tejeda Barros, Aix-en-Provence, 18 de julio de 2016

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(Elie Wiesel a los 15 años: finales de 1943 – primavera 1944, poco antes de la deportación a Auschwitz)

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(La Nuit & The Trial of God / Antonia Tejeda Barros, Aix-en-Provence, 2016)

NOTAS

[1] Wiesel, The Trial of God, p. 91

[2] Family and friends bid farewell to Elie Wiesel at Manhattan funeral service, remember Holocaust survivor as a devout man of God and peace advocate, New York Daily News, July 3, 2016

BIBLIOGRAFÍA

Arendt, Hannah. Eichmann in Jerusalem. A Report on the Banality of Evil. USA: Penguin Classics, 2006 (1977), pp. vii–312

Blumenthal, David R. Facing the Abusing God. A Theology of Protest. Louisville, Kentucky: Westminster–John Knox Press, 1993, pp. vii–318

Borowski, Tadeusz. This Way for the Gas, Ladies and Gentlemen (trad. Barbara Vedder). New York & London: Penguin Classics, 1976 (1967), pp. 9–180

Fraijó, Manuel. El sentido de la historia. Introducción al pensamiento de W. Pannenberg. Madrid: Cristiandad, 1986, pp. 9–328

Frankl, Viktor E. … trotzdem Ja zum Leben sagen. Ein Psychologe erlebt das Konzentrationslager. München: Kösel, 2014 (2009), pp. 7–191

Frankl, Viktor E. Man’s Search for Meaning (trad. Ilse Lasch). Boston: Beacon, 2006, pp. ix–165

‘Ha-Elion, Moshe. En los Kampos de la Muerte. Israel: Instituto Maale Adumim, 2000, pp. 5–94

Levi, Primo. Se questo è un uomo. Torino: Einaudi, 2014 (1958), pp. 3–219

Levi, Primo. Si esto es un hombre (trad. Pilar Gómez Bedate). Barcelona: Austral-El Aleph, 1998 (1987), pp. 7–222

Müller, Filip. Eyewitness Auschwitz. Three Years in the Gas Chambers (trad. Susanne Flatauer). Chicago: Ivan R. Dee & USHMM,1999, pp. ix–180

Venezia, Shlomo. Sonderkommando. Dans l’enfer des chambres à gaz. Paris: Albin Michel, 2007, pp 7–249

Wiesel, Elie. La Nuit. France: Les éditions de minuit, 2012 (1958), pp. 9–199

Wiesel, Elie. The Trial of God (trad. Marion Wiesel). New York: Schocken Books, 1995 (1979), pp. vii–177

WEBS

Buchenwald and Mittelbau-Dora Memorials Foundation

Auschwitz-Birkenau State Museum

United States Holocaust Memorial Museum (USHMM)

Yad Vashem. The World Holocaust Remembrance Center

Los Angeles Museum of the Holocaust (LAMOTH)

Guetto Fighters’ House Museum

Elie Wiesel Foundation for Humanity

Elie Wiesel Center for Jewish Studies

About Antonia Tejeda Barros

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