Humor, crítica, libertad, monoteísmos y la virgen que los parió. Je suis Charlie

Publicado el 1 de marzo de 2015 en la revista Humano, creativamente humano

Después de los tristes atentados contra la libertad, el laicismo y la paz del pasado 7 de enero en París, parece ser que nuestro mísero globo terráqueo ha retrocedido 2.000 años en convivencia, tolerancia, crítica y pensamiento. ¿Atentado contra la libertad? Sí, contra la libertad de expresión en una democracia donde aún debiera haber hueco para la crítica. Y la caricatura, además de ser una expresión artística de la exageración, es una fuerte herramienta para la crítica. ¿Atentado contra el laicismo? Sí, porque el laicismo es un largo y díficil recorrido que lleva haciendo la humanidad penosamente desde hace siglos (dejando muchas víctimas por el camino) y que empieza a tomar forma sólo ahora, en pleno siglo XXI. Ahora se puede decir (no en todos los países, recordemos tristemente) “Dios ha muerto” sin que nos encarcelen o nos quemen vivos, o se puede negar la inmortalidad del alma sin que por ello nos esté vetado enseñar en la Universidad, como le ocurrió a Feuerbach. El fanatismo religioso y la intolerancia, tan amigos de las tres principales religiones monoteístas y tan repudiados por las mentes libres y laicas, han vuelto a asomarse tras el caso Charlie. Perder el miedo ha sido un avance del laicismo. Y ese miedo no debe nunca recuperarse. ¿Atentado contra la paz? Sí, porque la paz es la convivencia sin violencia, sin miedo y sin terror.

Personalmente, no soy amiga de las religiones monoteístas. Estoy fuertemente convencida de que la religión monoteísta castra al ser humano, le priva al hombre de escoger por sí mismo y le encadena a un mísero y ridículo librito escrito hace miles de años. El hombre es el único ser que se hace a sí mismo, con sus elecciones y sus actos. Somos, como bien dijo Sartre, libertad. Y la religión, en mi opinión, anula esa libertad de escoger y esa libertad de ser. Aquel que vive encadenado vive pobremente. Y aquel que vive cegado por una religión impuesta no es dueño de su vida, sino esclavo de la tradición. Pero cada uno escoge lo que quiera. Y mientras no le peguemos un tiro al que no opine como nosotros, qué más da lo que pensemos. Pero vayamos a las caricaturas.

Desde los atentados de Charlie Hebdo, he leído de todo: amenazas de muerte a todos los que se rían de Mahoma, insultos y generalizaciones contra los ateos, y escritos que se centran en la condena de las caricaturas. Estos últimos son los más interesantes, aunque tal vez los más tristes, porque están firmados por personas supuestamente inteligentes que parecen confundir la víctima con el verdugo. Centrar la crítica en la condena a las caricaturas y no al terror de las matanzas es como equiparar (recordando el 70 aniversario de la liberación de Auschwitz, que fue el pasado 27 de enero) a los millones de gaseados y masacrados en el Holocausto con los pobres alemanes que fueron bombardeados por los aliados. ¿No es un insulto hacia las víctimas? Si a mi padre le hubieran volado la cabeza por haber hecho una caricatura, seguramente me habría sentido ofendida al leer artículos donde se hablara del “acto inmoral” de caricaturizar en lugar de los atentados.

Charlie Hebdo es una revista satírica y crítica. La caricatura, sin crítica, no tiene validez, y es pura mofa, sin interés alguno. La caricatura que se ríe de una injusticia, denuncia lo establecido y hace pensar al lector es importante y muy necesaria en nuestra vacía sociedad conformista. No todo el mundo tiene la energía y valentía de denunciar con humor, inteligencia y perspicacia las podredumbres de nuestra sociedad. ¿Valentía? Sí, porque el neandertal del siglo XXI que piensa con el puño, la pistola o la bomba abunda hoy en día. Hay quien dice que caricaturizar al señor Yahvé, al señor Jesús o al señor Mahoma debiera estar prohibido. ¿Por qué? Todos aquellos que basamos nuestra vida en los valores de los derechos humanos y no en un libro viejo y sobado estamos hartos de ver belenes, crucecitas, crucifijos, procesiones y la virgen que los parió, y no matamos a nadie por ello. En diciembre se ven en los balcones de Madrid muchos pañuelos grandes con la frase “Dios ha nacido”. Aparte de lo absurdo de estas palabras (¿quién nace en diciembre?), ¿por qué tenemos que tenerlas todos delante de nuestras narices hasta el 7 de enero? Porque existe la libertad de expresión. Yo he pensado muchas veces poner un pañuelo grande en mi balcón con las palabras “Dios ha muerto” y, para los amantes de la filosofía, con dos palabras más: “dijo Nietzsche”. ¿Se sentirían ofendidos e indignados los católicos? Me imagino que no más de lo que nos sentimos los ateos y agnósticos con el mercadillo Jesús-María-y-José-el-buey-y-la-mula que debemos tragarnos cada invierno (aunque, dato curioso y ridículo, Ratzinger escribió en el 2012 que no había habido ni buey ni mula en el nacimiento de Jesús, pobres vendedores de belenes…) ¿Romperían con rabia mi pañuelo los rebañitos de neandertales? ¿Se rebelarían con violencia? Seguramente, sí. ¿Dónde está entonces la libertad de expresión? Las religiones monoteístas pueden manifestarse a su antojo, y nadie puede criticarlas; los ateos y los agnósticos debemos tragarnos esa basura y callar para no ofender a las siempre-ofendidas religiones monoteístas. ¿Acaso nos hemos estancado en la Edad Media?

Las tres principales religiones monoteístas están muy lejos aún de ser tan sólo un problema privado (como anhela Michel Onfray) e impregnan, desgraciadamente, la sociedad y la política de hoy. El derecho al aborto, la igualdad de derechos para los homosexuales, el machismo y la circuncisión sistemática son unas de las vergüenzas del nefasto legado religioso. Las lapidaciones, las mutilaciones y las inmolaciones forman parte del otro lado monstruoso de los fanatismos religiosos, mucho más extremos, por supuesto, pero no tan alejados de las censuras, separatismos y discriminaciones que promulgan las tres principales religiones monoteístas.

Cuando viví en Sevilla, me harté de ver procesiones. La primera procesión gusta, recuerda a Nino Rota y The Godfather, es pintoresca y hasta graciosa. La décimoquinta ya empieza a irritar. Las procesiones, con sus encapuchados nazarenitos estilo Ku Klux Klan, sus virgencitas, sus jesusitos ensangrentados y su música forte y desafinada molestan a cualquier hora del día: a las 9 de la mañana, a las 10 de la noche, a las 2 de la madrugada … cuando Dios quiera. Recuerdo que en el 2009 hubo un movimiento juvenil que, como protesta a las procesiones religiosas, hizo su propia procesión-no-religiosa-y-crítica con unos muñecos (una caricatura, al fin y al cabo). ¿Qué ocurrió? La procesión fue prohibida por la policía. ¡Prohibida! Los jóvenes deben mamarse las virgencitas y los jesusitos, y se les prohibe protestar. Ese día España volvió al franquismo. Y España vuelve al franquismo cada vez que alguien desea criticar, con una caricatura, un artículo o una obra de arte, la podrida sociedad tradicional y medieval en la que estamos sumergidos, y es silenciado, censurado o insultado. ¿Adónde volvió Francia con los ataques de Charlie Hebdo? Ya no sé si a antes de la Revolución Francesa o a las Cruzadas…

¿Hasta dónde llega la libertad de expresión? Hasta allí donde sea crítica y humana a la vez. La crítica es un arte y, como arte, puede estar sometida a la crítica. Una respuesta tolerante y honesta a las caricaturas de Charlie Hebdo hubiera sido una caricatura sobre Charlie Hebdo, y no 17 asesinatos. El problema no son las caricaturas, como creen algunos, ni la crítica ni el sentido del humor. El problema es el fanatismo religioso, la intolerancia y la violencia. Jean Cabu, asesinado en los ataques de Charlie Hebdo, escribió en Peut-on encore rire de tout? (2012): “Ni les religions et leurs intégristes, ni les idéologies et leurs militants, ni les bien-pensants et leurs préjugés ne doivent pouvoir entraver le droit à la caricature (…) Pas de limite à l’humour qui est au service de la liberté d’expression“.

Por otro lado, como muy bien dijo George Clooney (mostrando en los Golden Globes una chapita Je suis Charlie) no hay que usar la indignación por los ataques para propagar la islamofobia: “We have to be very careful … There is a lot of … anti-Muslim fervor in parts of Europe and we have to make sure that that doesn’t get [folded] into this horrible, horrible act of violence“. Entre paréntesis, el diario iraní Mardom e-Emruz fue clausurado por publicar una foto de Clooney con su chapita Je suis Charlie (¡las chapitas sí que son peligrosas!). La islamofobia es un pretexto para explotar el racismo. No hay que olvidar que lo más criticable del islam –su intolerancia– es compartido al 100 % por el cristianismo y el judaísmo, los cuales cuentan con numerosísimos fieles que no han dudado en usar el ataque a Charlie Hebdo para reforzar su repulsa contra los musulmanes. El caso Charlie es lo mejor que podía haberle ocurrido a la ultraderecha francesa, que no ha dudado en mezclar el fundamentalismo religioso con el racismo y su odio a los inmigrantes.

Con todo, me pregunto: ¿es posible ser judío y ser crítico y tolerante? Yo creo que sí. ¿Es posible ser cristiano y ser crítico y tolerante? Yo creo que sí. ¿Y es posible ser musulmán y ser crítico y tolerante? Yo creo que sí. Una de las pancartas de Je suis Charlie que más me ha impactado es una que usa signos de las tres principales religiones monoteístas para Charlie: una luna creciente para la C, una estrella de David para la A, y una cruz para la I. Malek Merabet, hermano del policía musulmán asesinado por los terroristas, dijo en una rueda de prensa que el islam es una religión del amor, y que su hermano fue asesinado por terroristas, por falsos musulmanes. Y añadió: “Je m’adresse à tous les racistes, islamophobes et antisémites: arrêtez de faire des amalgames, de déclencher des guerres, de brûler des mosquées ou des synagogues“.

Es verdad que las tres principales religiones monoteístas, en principio, no debieran estar manchadas de sangre. Pero ¿cómo lo hacen para estar tan cerquita de la intolerancia, la discriminación y la violencia? ¿Será tal vez porque incitan a promover las macabras amenazas del Tanaj, el Nuevo Testamento o el Corán? Recordemos algunas citas un tanto olvidadas que no pasarían un examen de Primero de Primaria en materia de Derechos Humanos. En el Tanaj: “Y dijo Yahveh: ‘Voy a exterminar de sobre la haz del suelo al hombre que he creado'” (Génesis, 6, 7); “Si un hombre tiene un hijo rebelde y díscolo, que no escucha la voz de su padre ni la voz de su madre (…) su padre y su madre le agarrarán y le llevarán fuera donde los ancianos de su ciudad (…) Y todos los hombres de su ciudad le apedrearán hasta que muera” (Deuteronomio, 21, 18, 19, 21). En el Nuevo Testamento: “Entonces vi el cielo abierto, y había un caballo blanco (…) viste un manto empapado en sangre y su nombre es: La palabra de Dios (…) De su boca sale una espada afilada para herir con ella a los paganos” (Apocalipsis, 19, 11, 13, 15); “No penséis que he venido a traer la paz sobre la tierra. No he venido a traer la paz, sino la espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra” (Evangelio según San Mateo, 10, 34, 35). Y en el Corán: “A quienes no crean en Nuestros signos les arrojaremos a un Fuego. Siempre que se les consuma la piel, se la repondremos, para que gusten el castigo. Dios es poderoso, sabio” (Sura 4, aleya 56); “¡Combate, pues, por Dios! … ¡Anima a los creyentes! … Dios dispone de más violencia y es más terrible en castigar” (Sura 4, aleya 84). En fin, menuda basurita. Algunos tal vez se pregunten: ¿cómo es posible que estos crueles textos no se prohíban? ¿Cómo es posible que millones de niños que luego serán adultos lean una y otra vez estas violentas palabras? La respuesta es sencilla: porque existe la libertad de expresión.

En mi opinión, cuando la religión ocupe el lugar que se merece (un lugar puramente privado, bien alejado de la sociedad y la política), se reduzca a tradición y deje de molestar, de atacar y de aterrar, la humanidad habrá hecho un gran avance. Para entonces, ya no habrá caricaturas de Yahvé, Jesús o Mahoma, porque las caricaturas ya no tendrán nada que denunciar.

Antonia Tejeda Barros, Madrid, 3 de febrero de 2015

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Foto de Antonia Tejeda Barros / Tout est pardonné, Madrid, 2015

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