¿Ratzinger? No, gracias

Sinceramente, no creo que haya habido en la historia de la Iglesia Católica ningún papa digno de ser admirado. Y Ratzinger, desde luego, no ha sido la excepción. Otras religiones poseen figuras carismáticas y fascinantes, como el hinduismo, con Gandhi, o el budismo, con el Dalai Lama, un hombre abierto al diálogo y al respeto, sabio y pacífico, que jamás se ha dedicado a excluir a nadie y que se pronuncia continuamente a favor de la paz interreligiosa y la paz mundial.

El pasado 28 de febrero, Ratzinger dimitió. El genial Hans Küng, en una entrevista aparecida originalmente en alemán el 18 de febrero de 2013 en Der Spiegel comenta (la traducción es de Der Spiegel): When a pope is no longer capable of doing his job, he should give it up”.  Según Küng, el nuevo papa no debe estar anclado en la Edad Media, sino abierto a las reformas y a la edad moderna; es necesario un papa que apoye la libertad y los derechos humanos: “[I would like to see] a pope who is not intellectually stuck in the Middle Ages (…) a pope who is open first to suggestions for reform and secondly, to the modern age. We need a pope who …  supports, with his words and deeds, freedom and human rights within the Church — of theologians, women and all Catholics who … are calling for change.” ¿Será esto posible en los próximos 100 años?

Haciendo una retrospectiva histórica, se puede apreciar que la historia de los papas deja mucho que desear. Dos de los casos más espeluznantes son los de Pío XI (1857 – 1939, proclamado papa en 1922) y Pío XII (1876 – 1958, proclamado papa en 1939), papas que apoyaron abiertamente el fascismo de Mussolini y el nazismo.

Permitidme introducir aquí unas pinceladas históricas. El 20 de julio de 1933 tuvo lugar en Roma el Reichskonkordat: el pacto del Vaticano con Hitler, con Pío XI como papa. Dos meses antes, el 10 de mayo, los estudiantes habían quemado en Berlín 25.000 libros “anti-alemanes” (libros de Marx, Brecht, Benjamin, Bloch, Einstein, Freud, Hemingway, Kafka y Heine, entre otros). Heine había escrito proféticamente un siglo antes, en 1820 – 21: “Dort, wo man Bücher verbrennt, verbrennt man am Ende auch Menschen” (“Allí donde se queman libros, se acaba también quemando a los hombres”).

El 15 de septiembre de 1935 se dictaron las Leyes de Núremberg (Nürnberger Gesetze): la “Ley para la protección de la sangre alemana y el honor alemán” y la “Ley de la ciudadanía del Reich”. Las Leyes de Núremberg fueron leyes raciales antisemitas que definían y discriminaban brutalmente a los judíos. Los judíos se dividían en: 1) 100 % judío (4 abuelos judíos o 3 abuelos judíos); 2) 50 % judío (madre o padre judíos o 2 abuelos judíos, llamado “Mischling ersten Grades“ (híbrido de 1er grado); y 3) 25 % judío (1 abuelo judío), llamado “Mischling zweiten Grades“ (híbrido de 2º grado). Mis hijos Yael e Itay, por ejemplo, hubieran sido considerados “híbridos de 1er grado”. A todos los considerados “judíos” se les privaba de la ciudadanía alemana y se les prohibía participar en la vida social alemana. Se prohibía el matrimonio y las relaciones sexuales entre judíos y no judíos. Se prohibía a los judíos contratar a sirvientas menores de 45 años no judías. Los judíos tenían prohibido usar la bandera del Reich o los colores nacionales. Una diferencia crucial entre las Leyes de Núremberg y otras discriminaciones que sufrieron los judíos en el pasado (bajo los salvajes Reyes Católicos y la Inquisición, por ejemplo) es que no había escapatoria: la conversión era inútil. El judío se definía por su sangre, no por su religión. La única escapatoria posible era el exilio (posibilidad que se les vetó muy pronto). Las macabras Leyes de Núremberg daban carta blanca para boicotear y destruir los negocios judíos y para humillar, golpear, arrestar y torturar a los judíos. Pío XI y Pío XII hicieron oídos sordos a estas brutalidades, preludio del Holocausto.

En la famosa encíclica del 14 de marzo de 1937 titulada “Mit Brennender Sorge“, Pío XI parece quejarse al Tercer Reich, pero esta queja se centra exclusivamente en la preocupación del trato a los alemanes católicos y en la desviación de la fe hacia una visión panteísta. En ningún lado se condenan las Leyes Raciales de Núremberg ni el trato hacia judíos y opositores del régimen nazi. Cinco días después, el 19 de marzo de 1937, Pío XI se expresó abiertamente contra el “comunismo ateo” en la encíclica titulada “Divini Redemptoris“. Aquello sí que era un peligro: el comunismo. No por el terror que éste infundía, las matanzas y la falta de libertad, sino por su marcado tinte ateo. Hay que señalar que el Vaticano nunca se pronunció abiertamente contra el fascismo ni el nazismo: “Este peligro tan amenazador … es el comunismo bolchevique y ateo, que pretende derrumbar radicalmente el orden social y socavar los fundamentos mismos de la civilización cristiana (…) Frente a esta amenaza, la Iglesia Católica no podía callar, y no calló”. Pero sí que calló la Iglesia Católica frente a Auschwitz, Belzec, Dachau, Treblinka, Mauthausen, Bergen-Belsen, Buchenwald, Chelmno, Ravensbrück y Terezín.

¿Por qué la Iglesia ha estado (casi) siempre cerca de los fascismos, parafascismos y la derecha? ¿Es realmente el ateísmo una amenaza tan terrible para ella, capaz de pasar por alto las cámaras de gas, las marchas de la muerte, los fusilamientos en masa, las masacres de pueblos enteros, los golpes de estado, las torturas y la falta de libertad?

Cuatro días después de haber sido nombrado papa, el 6 de marzo de 1939, Pío XII escribió una carta a Berlín, donde expresó su gran admiración por la política del Tercer Reich. Durante toda la Segunda Guerra Mundial, mientras se sabía que se  deportaba a hombres, mujeres y niños, se gaseaba a judíos y a gitanos, “desaparecían” niños y adultos alemanes discapacitados  y se masacraban y quemaban pueblos enteros, Pío XII no dijo ni “pío” en favor de las víctimas y se dedicó a alabar al Tercer Reich en varias cartas, a felicitar a Hitler y a rezar por él.

¿Cuándo aprenderá la Iglesia Católica un poco sobre ética y moral universal? ¿Cuándo dejará de defender sólo a los católicos y defenderá a todos aquellos que sufren, sean católicos, protestantes, judíos, musulmanes, hinduistas, budistas, deístas, panteístas, agnósticos o ateos? ¿Cuándo empezará a defender el verdadero amor universal, sin exclusiones, sin corrupción y sin hipocresía?

Centrémonos ahora en Ratzinger. Ratzinger nació en 1927 en Baviera. En 1941, a los 14 años, entró en las Juventudes Hitlerianas (Hitlerjugend). Se dice que su familia se oponía al nazismo, no por las atrocidades hacia los judíos, desde luego, sino por el Plan Eutanasia. El Plan Eutanasia (Aktion T4) existió oficialmente desde septiembre de 1939 hasta agosto de 1941, pero continuó clandestinamente hasta 1945. Se estima que unos 200.000 discapacitados alemanes fueron asesinados en hospitales y pequeñas cámaras de gas. Algunos católicos, que antes habían callado con las Leyes de Núremberg y el salvaje trato a judíos, gitanos, homosexuales, Testigos de Yehovah, polacos y opositories del régimen nazi, se opusieron abiertamente al Aktion T4. Ratzinger tenía un primo con Síndrome de Down que en 1941 (con 14 años) fue tomado por las autoridades nazis para hacerle una “terapia”. Poco después, su familia fue notificada de que había muerto. A los 16 años, Ratzinger fue llamado a filas, defendió la fábrica de BMW (que utilizaba mano de obra de presos de Dachau) y participó en el servicio de defensa alemán en 1944. En 1945 fue hecho prisionero por soldados aliados.

Ratzinger, amigo del fanático papa anticomunista (pero no antifascista) Wojtyla (1920 – 2005, nombrado papa en 1978), presidió desde 1981 hasta el 2005 la Congregación para la Doctrina de la Fe (Congregatio pro Doctrina Fidei), un tribunal católico, continuación de la Inquisición, más suave, sin quema de brujas, pero con una fuerte censura e influencia.

El mensaje de Ratzinger, tal y como ha apuntado varias veces Küng, fue desde el principio de su papado carente de respeto por las demás religiones (poco después de haber sido nombrado papa, en el 2005, Ratzinger definió el islam como una religión violenta), débil y silencioso respecto a los asquerosos casos de pederastia perpetuados por curas y miembros del clero católico, y lleno de meteduras de pata imperdonables, como las famosas declaraciones sobre el SIDA en África en el 2009: “[El SIDA] es una tragedia que no puede superarse con la distribución de preservativos, los cuales incluso agravan los problemas”. Ratzinger, siendo papa, se opuso a una posible apertura de la Iglesia Católica. Las mujeres siguen siendo excluidas y rebajadas, y se les sigue vetando el derecho a ejercer como sacerdotes, obispos, arzobispos, cardenales o papas.

El brillante y mordaz Richard Dawkins escribió en The Guardian el 22 de septiembre de 2010 un artículo titulado Ratzinger is an enemy of humanity”. Dawkins denuncia los ataques que Ratzinger pronunció en Edimburgo en el 2010 contra ateos y seculares, donde culpó al ateísmo de las barbaries del siglo XX. Dawkins considera a Ratzinger enemigo de la humanidad: enemigo de los niños, enemigo de los homosexuales, enemigo de las mujeres, enemigo de la verdad, enemigo de la ciencia y enemigo de la educación: “Ratzinger is an enemy of humanity (…) He is an enemy of children, whose bodies he has allowed to be abused and whose minds he has encouraged to be infected with guilt. It is embarrassingly clear that the church is less concerned with saving child bodies from abusers than with saving priestly souls from hell (…) He is an enemy of gay people (…) He is an enemy of women – barring them from the priesthood as though a penis were an essential tool for pastoral duties. What other employer is allowed to discriminate on grounds of sex …? He is an enemy of truth, promoting barefaced lies about condoms not protecting against Aids (…) He is an enemy of science, obstructing vital stem cell research (…) he is an enemy of education (…) he and his church foster the educationally pernicious doctrine that evidence is a less reliable basis for belief than faith, tradition, revelation and authority – his authority.”

La renuncia de Ratzinger se ha comparado, como ha apuntado el sabio filósofo y teólogo Manuel Fraijó en su interesante artículo “Elogio de una renuncia” (aparecido en El País el 12 de febrero de 2013) con la renuncia del papa Celestino V (c. 1215 – 1296). La gran diferencia radica, en mi opinión, en que Celestino V fue papa solamente 5 meses (en 1294) y, después de dimitir, se retiró a su vida de ermitaño y no molestó a nadie. Ratzinger, sin embargo, fue papa durante 8 años (del 2005 al 2013), saboreó el poder por bastante tiempo, su papado fue conservador y retrógrado, y ahora dice que se retira para rezar y escribir, aunque hay muchos que dicen que seguirá vigilando por encima del hombro a los futuros papas y su sombra estorbará hasta que muera. El gesto de Celestino V definió su canonización en 1313. ¿Habrá sido ésta la verdadera razón de Ratzinger (el afán de gloria eterna, el deseo de ser transformado de diablillo a santo) la que le ha llevado a dimitir?

¿Ha sido la figura de Ratzinger un error de la Iglesia, o, por el contrario, algo que va muy en sintonía con la Iglesia Católica y su libro sagrado que excluye a los no creyentes, amenaza con el castigo eterno, denigra a la mujer y condena la homosexualidad? En mi opinión, lo extraño sería que una religión que excluye, mutila y produce sangre y guerras tuviera un soberano benévolo, abierto, respetuoso y justo.

Ratzinger fue, todo hay que decirlo, un intelectual brillante. En el Concilio Vaticano II (1962 – 1965) fue, junto a Hans Küng, uno de los peritos más jóvenes e influyentes, que abogó por la apertura de la Iglesia. ¿Qué le pasó después? Se dice que desde la revuelta estudiantil del 68, Ratzinger tomó un giro ultraconservador. Durante su papado, no pudo o no quiso hablar de paz y diálogo entre las religiones, hablar a favor de los homosexuales, darle dignidad a la mujer, luchar contra las enfermedades de trasmisión sexual (animando a los católicos a usar el preservativo), tener una posición moderada frente al aborto y la eutanasia (haciendo posible el aborto legal en muchos países aún medievales, donde se carcela a las mujeres que, con desesperación y sufrimiento, practican un aborto clandestino, arriesgando en la mayoría de los casos la vida, y evitando el sufrimiento de enfermos terminales que lo único que desean es “descansar”).

Al contrario de Ratzinger, Küng sigue poniendo todas sus energías en la paz religiosa. Según Küng, la paz mundial es imposible sin paz religiosa. Y la paz religiosa es imposible sin un diálogo entre todas las religiones: “No puede haber paz entre las naciones sin paz entre las religiones … ¡Imposible la paz mundial sin paz religiosa!” (Projekt Weltethos, 1990). Referente a la mujer, Küng escribe: “Para la mayor parte de las religiones mundiales la “mujer” es un “problema”: desde los tiempos más remotos subordinada siempre al hombre, en segundo plano dentro de la familia, de la política y de la economía, limitada en sus derechos, incluidos los referentes a su participación en el culto. La igualdad de derechos de la mujer es una magna tarea por cumplir no sólo dentro del cristianismo” (Die Frau Im Christentum, 2002).

Yo me pregunto: ¿cómo es posible que una persona con tanta influencia -actualmente hay unos 1.000 millones de católicos en el mundo- no haya hecho un esfuerzo por hablar de la paz interreligiosa, la paz mundial, la dignidad de todos los seres humanos (no sólo de los hombres católicos) en 8 años? Es imposible saber a ciencia cierta qué hubiera ocurrido si Pío XI hubiera estado en contra del fascismo y Pío XII se hubiera pronunciado abiertamente contra las barbaries del nazismo, pero seguramente la Historia hubiera sido diferente, y unas pocas palabras en favor de la paz hubieran salvado a millones de las cámaras de gas, los fusilamientos, las torturas y las masacres. Es innegable que el Vaticano tiene las manos manchadas de sangre: cuando ha tenido la oportunidad de salvar a millones no se ha molestado en pronunciarse.

Voltaire escribió en 1752: “Un ministre est excusable du mal qu’il fait (…) mais dans le calme il est coupable de tout le bien qu’il ne fait pas” (Le Siècle de Louis XIV). Esta cita ha degenerado en: “todo hombre es culpable del bien que no hace”, distorsión que guarda, sin embargo, el sentido original. No puedo evitar también pensar en la famosa frase “With great power comes great responsibility“, aparecida originalmente en 1962 en Amazing Fantasy #15 como “With great power there must also come — great responsability!”, escrita por Stan Lee, creador de Spider-Man, que describe genialmente la pobre trayectoria de Ratzinger: un hombre con gran poder que hizo muy poco por la paz interreligiosa y la paz mundial, y bastante por excluir, condenar, desunir y decepcionar. Estoy segura de que muy pocos le echarán de menos.

Antonia Tejeda Barros, 21 de marzo de 2013.

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6 Responses to ¿Ratzinger? No, gracias

  1. Teilhard says:

    Hace un tiempo leí acerca de el cardenal Stepinac, de Croacia, condenado por un tribunal de justicia internacional presidido por Tito, pero beatificado por al papa Juan Pablo II. El tal obispo al parecer protegió o al menos consintió un campo de concentración en Croacia dirigido por religiosos llamado Jasenovac. El propio Hitler se espantó de la brutalidad que allí se ejercía.

    Me cuesta mucho creer algo así, pero las pruebas parecen estar ahí. ¿Tiene usted noticia de algo tan tremendo?

    Sigo su blog desde hace tiempo y con admiración

    Gracias

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    • Estimado Teilhard:
      perdone por no haberle respondido. Su comentario me pasó desapercibido. Sólo ahora, revisando mis comentarios, lo acabo de leer (perdone que haya tardado casi 1 año en responderle, qué desastre). No conozco la historia del cardenal Stepinac, pero no me sorprende. Muchas gracias por el dato. Muchos saludos desde Madrid y muchísimas gracias por leer y comentar.
      Antonia

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  2. matteo says:

    Ottimo articolo, ne far un punto di riferimento, chiss che quanto letto non possa aiutare anche me.

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  3. David Cerdá says:

    Las crueldades realizadas o permitidas por la Iglesia no pueden soslayarse, como muy escribes, Antonia. A mí tampoco me ha aportado, desde la ética, nada Ratzinger, más allá de muchos gestos a la galería y muy poca chicha moral.
    Creo que el problema está en esperar algo de esta gente. Quiero decir: un papa es un líder político, y ya está. Son las propias autoproclamas de superioridad moral del Vaticano las que nos despistan – y nos llevan a creer que esta gente es santa, o algo parecido.
    Un hombre, un dirigente de un emporio económico, social, un directivo – eso fue Benedicto XVI, y eso será Francisco I.
    Enhorabuena por la entra, amiga

    Un abrazo

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    • Querido David:
      muchas gracias por tu interesante comentario. Tal vez tengas razón: tal vez no habría que esperar nada. Pero muchos creyentes (y algunos no creyentes) parecen hacer crecer sus esperanzas cada vez que llega un nuevo papa. Hay mucha gente inteligente que espera grandes cambios. Cambios que nunca llegan. Y eso es muy decepcionante. Como he apuntado en el Post, pienso que el Vaticano tiene las manos manchadas de sangre y que la historia de los papas es aún pobre y decepcionante, por decirlo elegantemente. Por otro lado, el Vaticano va muy en sintonía con la Biblia, así que tal vez no deberíamos extrañarnos de tanto silencio, corrupción, exclusión, condenas y meteduras de pata. De todas maneras, hay que criticar lo que es tan criticable.
      Un abrazo muy fuerte,
      Antonia

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