El malestar en la cultura

El malestar en la cultura (Das Unbehagen in der Kultur), escrita por el genial Freud (1856 – 1939) es considerada una de las obras más críticas e influyentes del siglo XX. Se publica en 1930, el mismo año que La rebelión de las masas, de Ortega.

Existe un antagonismo entre los instintos del individuo (el instinto de Eros y el instinto de muerte) y la represión que impone la cultura. La cultura vela por la comunidad, protege al hombre de la destrucción, a costa de la libertad individual (represión de las pulsiones sexuales y agresivas) y genera culpa, sufrimiento y malestar al individuo.

A parte de El malestar en la cultura, Freud expone sus tesis demoledoras y explosivas sobre la cultura y la humanidad en Tótem y tabú (Totem und Tabu, 1913),  El porvenir de una ilusión (Die Zukunft einer Illusion, 1927), ¿Por qué la guerra? (Warum Krieg?, 1933) y Moisés y la religión monoteísta (Der Mann Moses und die monotheistische Religion, 1939).

Según Edward Said (Freud and the non-europeans, 2003), Freud fue un explorador de la mente y un arqueólogo del pasado olvidado. Su pensamiento sigue hoy vigente y abre las puertas a nuevas tesis: “Freud is a remarkable instance of a thinker for whom scientific work was, as he often said, a kind of archaeological excavation of the buried, forgotten, repressed and denied past (…) Freud was an explorer of the mind, of course, but also, in the philosophical sense, an overturner and a re-mapper of accepted or settled geographies and genealogies”.

En Freud y el porvenir (conferencia de 1936 pronunciada en Viena por Thomas Mann), Mann califica a Freud de “investigador genial (…) fundador del psicoanálisis como terapéutica y como método universal de investigación”. Mann explica que Freud no conoció a Nietzsche, “en el cual encontramos anticipadas por todos lados, como relámpagos, ciertas intuiciones freudianas” y no conoció a Schopenhauer, “melancólico sinfonista de una filosofía de los instintos ávida de conversión y de redención…”. Mann compara los explosivos descubrimientos de Freud con la filosofía de Schopenhauer y describe genial y claramente el “ello” freudiano: “El descubrimiento por Freud del importante papel que el inconsciente, el “ello”, desempeña en la vida anímica del ser humano, tuvo y tiene para la psicología clásica … el mismo carácter de escándalo que la teoría schopenhaueriana de la voluntad tuvo para toda la credulidad filosófica en la razón y en el espíritu (…) Freud describe el “ello” como un caos, como una caldera de excitaciones hirvientes (…) Allí no tienen vigencia las leyes del pensamiento lógico, y ante todo no tiene vigencia el principio de contradicción (…) el inconsciente, el “ello”, es primitivo e irracional, es puramente dinámico. No conoce valoración alguna, no conoce ni el bien ni el mal, no conoce moral. Ni siquiera conoce el tiempo”.

En El puesto de Freud en la historia del espíritu moderno (conferencia de 1929 pronunciada en Munich por Thomas Mann), Mann compara a Freud con Nietzsche y con aquellos pensadores que optaron por la primacía de la pasión, de lo inconsciente, del sentimiento: “En cuanto investigador de las profundidades del alma y psicólogo de los instintos, Freud se encuadra perfectamente en las filas de los escritores de los siglos XIX y XX que, como historiadores, filósofos, críticos de la cultura y arqueólogos, subrayan, cultivan  y destacan científicamente la cara nocturna de la naturaleza y del alma, en contra del racionalismo, del intelectualismo, del clasicismo … y que consideran que esa cara nocturna de la naturaleza y del alma es lo propiamente determinante de la vida, lo que crea la vida”.

En De l’interprétation. Essai sur Sigmund Freud (1965), Paul Ricœur llama a Marx, Nietzsche y Freud “les maîtres du soupçon” (los maestros de la sospecha). Los tres pensadores critican el racionalismo. Más allá de la razón se encuentran pulsiones más profundas: el materialismo dialéctico (Marx), la voluntad de poder (Nietzsche) y el inconsciente (Freud).

Sigismund Schlomo Freud nace en 1856, de padres judíos, en una pueblo de Moravia. Su padre, Jacob, tenía dos hijos de su matrimonio anterior. Su madre, Amalié (de soltera Nathansohn), era 20 años menor que Jacob.Tuvieron 8 hijos. Freud fue el mayor. Su hermano Julius muere a los 5 meses. Su hermana Anna muere en 1955. Alexander emigra a Suiza y luego a Canadá (+ 1943). 4 hermanas perecen en campos de exterminio y concentración: Regine, Maria y Pauline, en Treblinka (deportadas en 1942); Esther, en Terezín (+ 1943).

Freud conoce a Martha Bernays (1861-1951) en 1882. Se casan en 1886 y tienen 6 hijos: Mathilde Freud (1887-1978), Jean-Martin Freud (1889-1967), Oliver Freud (1891-1969), Ernst Ludwig Freud (1892-1970), Sophie Freud (1893-1920) y Anna Freud (1895-1982).

Anna Freud es considerada, junto a Melanie Klein, la fundadora del psicoanálisis infantil. Freud dijo: “el análisis infantil ha recibido un poderoso ímpetu a través del trabajo de la señora Melanie Klein y de mi hija, Anna Freud”.

Freud obtiene el Premio Goethe de la ciudad de Frankfurt en 1930 (Goethepreis der Stadt Frankfurt). (Otros galardonados han sido: Karl Jaspers en 1947, Thomas Mann en 1949, Walter Gropius en 1961, György Lukács en 1970 e Ingmar Bergman en 1976).

Freud escribe en Inglaterra una carta para “Time & Tilde” (publicada en 1938) donde denuncia sin agresividad el antisemitismo: “Llegué a Viena, cuando tenía 4 años, procedente de una pequeña ciudad de Moravia. Después de 78 años de asiduo trabajo hube de dejar mi hogar, vi disuelta la sociedad científica que había fundado, nuestras instituciones destruidas … los libros que había publicado confiscados o reducidos a pulpa, mis hijos expulsados de sus ocupaciones (…) Me siento profundamente conmovido por el pasaje de su carta reconociendo un cierto crecimiento del antisemitismo también en este país. La actual persecución ¿no debería dar lugar más bien a una oleada de simpatía en esta nación?”

En 1881 – 1882, Josef Breuer (1842 – 1925) trató a Ana O. (Bertha Pappenheim, 1859 – 1936), paciente que sufría de ataques de histeria, escuchando las circunstancias que ella le contaba que rodeaban la aparición de sus diversos síntomas. Este método se llamó “método catártico” y fue desarrollado por Breuer. El método catártico marcó el inicio del psicoanálisis.

Breuer y Freud publican en 1895 Estudios sobre la histeria (Studien über Hysterie), donde se detallan los casos de varios pacientes histéricos, entre ellos Anna O, y se introduce el psicoanálisis como técnica de cura. El libro escandaliza a la sociedad burguesa vienesa.

Freud emprende su autoanálisis, que le permite encontrar en sí mismo (al igual que en sus pacientes) la sexualidad infantil y el complejo de Edipo.

A partir de 1902 algunos médicos empiezan a interesarse por el psicoanálisis. Con Wilhelm Stekel (1868 – 1940) y Alfred Adler (1870 – 1937) se crea la modesta “Sociedad psicóloga de los miércoles”, que se reúne en casa de Freud los miércoles por la tarde. Luego se unen Paul Federn (1871-1950), Viktor Tausk (1879 – 1919), Herbert Silberer (1882 – 1923), Karl Abraham (1877 – 1925), Carl Jung (1875 – 1961), Ludwig Binswanger (1881 – 1966), Abraham Arden Brill (1874 – 1948), Edward Jones (1927 – 1993) y Sándor Ferenczi (1873 – 1933).

En 1908 tiene lugar el primer Congreso Internacional del llamado “Círculo de Freud”. En 1909 Freud es invitado a EEUU, donde da 5 conferencias; es recibido por  Brill y bien acogido. El psicoanálisis gana seguidores en Alemania, Suiza, Rusia y Francia. En 1910 se crea la Asociación Psicoanalítica Internacional (Nuremberg). En 1911 se produce la ruptura con Adler; en 1912, la ruptura con Stekel; y en 1913, la ruptura con Jung. Después de la Primera Guerra Mundial, el movimiento psicoanalítico se encuentra en pleno auge.

Los tres autores más representativos del psicoanálisis postfreudiano son Heinz Hartmann (1894 – 1970), Melanie Klein (1882 – 1960) y Jacques Lacan (1901 – 1981).

El psicoanálisis es método, acción (tratamiento) y saber. El psicoanálisis es el camino real hacia el inconsciente, un camino de conquistas (siempre se abren caminos nuevos) y un camino de victorias (la toma de conciencia transforma y libera).

Freud se separa continuamente de los “filósofos”: “para los filósofos resulta difícil creer en la existencia de un pensamiento inconsciente” (…) Existe un producto psíquico que encontramos en las personas más normales y que, sin embargo, ofrece una … analogía con los más extraños e intensos de la locura y que no ha sido para los filósofos más comprensible que la locura misma. Me refiero a los sueños. El psicoanálisis se basa en el análisis de los sueños”.

En 1899 Freud publica La interpretación de los sueños (Die Traumdeutung), donde muestra que todo hombre ha tenido en su infancia un doble deseo: matar al padre y casarse con su madre (complejo de Edipo), deseo que, prohibido culturalmente, reprimido, da origen a las neurosis.

En Tótem y tabú, Freud describe el origen de la civilización, la moral y la religión: el padre del hombre primitivo fue asesinado y devorado; este crimen, que se ha vuelto inconsciente, ha dejado huellas imborrables, puesto que las religiones no son más que el resultado de los ritos, ceremonias y sacrificios de culto por los que generaciones de hijos han tratado de redimirse adorando a su víctima. La historia procede del drama de Edipo: “los hermanos expulsados se reunieron un día, mataron al padre y devoraron su cadáver … Unidos, emprendieron y llevaron a cabo lo que individualmente les hubiera sido imposible (…) Tratándose de salvajes caníbales, era natural que devorasen el cadáver (…) La comida totémica, quizá la primera fiesta de la humanidad, sería la reproducción conmemorativa de este acto criminal y memorable, que constituyó el punto de partida de las organizaciones sociales, de las restricciones morales y de la religión (…) la conciencia de culpabilidad del hijo engendró los dos tabúes fundamentales del totemismo … con los cuales se inicia la moral humana”.

Las primeras prohibiciones constituyen la base de la hostilidad contra la cultura: el incesto, el canibalismo y el homicidio. Sólo el canibalismo es unánimemente condenado; los deseos incestuosos se hallan latentes detrás de la prohibición; el homicidio es todavía practicado e incluso ordenado en nuestra cultura.

Antes de adentrarnos en El malestar en la cultura, es preciso aclarar algunos términos cruciales del método psicoanalítico, base para entender el conflicto entre los instintos del individuo (la libertad individual) y la cultura:

EL INSTINTO LIBIDINOSO Y EL INSTINTO DE MUERTE / Existe un instinto libidinoso (pulsión de amor), llamado Eros y un instinto de muerte (pulsión de agresión y destrucción). El instinto de muerte es descrito por primera vez en Más allá del principio del placer (Jenseits des Lustprinzips, 1920): “además del Eros habría un instinto de muerte; los fenómenos vitales podrían ser explicados por la interacción y el antagonismo de ambos (…) La aceptación del instinto de muerte o de destrucción ha despertado resistencia aun en círculos analíticos (…) Mucho menos me sorprende que también otros hayan mostrado … aversión y que aún sigan manifestándola, pues a quienes creen en los cuentos de hadas no les agrada oír mentar la innata inclinación del hombre hacia “lo malo”, a la agresión, a la destrucción y con ello también a la crueldad”.

La agresividad es una disposición instintiva innata y autónoma, y el mayor obstáculo de la cultura: “el natural instinto humano de agresión, la hostilidad de uno contra todos y de todos contra uno, se opone a este designio de cultura”.

Freud escribe que a la gente le horroriza la posibilidad de tales sentimientos destructivos. Según Freud, su tesis no rebaja la vida afectiva, muy al contrario: “las más bellas floraciones de nuestra vida amorosa las debemos a la reacción contra los impulsos hostiles que percibimos en nuestro fuero interno”.

Las pasiones instintivas son, para Freud, más poderosas que los intereses racionales (no así para Sartre, que condena las pasiones y todo acto no racional como una excusa frente a la responsabilidad que tiene el ser humano de escoger continuamente: las excusas son  “mauvaise foi” (L’être et le néant, 1943, y L’existencialisme est un humanisme, 1946).

Freud denomina interdicción al hecho de que un instinto no pueda ser satisfecho, prohibición a la institución que marca tal interdicción y privación al estado que la prohibición trae consigo.

CONSCIENTE, PRECONSCIENTE, INCONSCIENTE / Freud publicó varios trabajos entre 1913 y 1917 en “Internationaler Zeitschrift für Psychoanalyse” donde aclara muchos términos y expone su teoría psicoanalítica: “Llamaremos … “consciente” a la representación que se halla presente en nuestra consciencia y es objeto de nuestra percepción … denominaremos “inconsciente” a aquellas representaciones latentes … que se hallan contenidas en la vida anímica, como sucedía con la memoria.”

Hay dos tipos de ideas latentes: las ideas “preconscientes”: son latentes por debilidad y se hacen conscientes cuando adquieren fuerza; y las “inconscientes”: son latentes y no penetran en la conciencia por fuertes que sean; sólo pueden salir a la superficie mediante el psicoanálisis. Estas ideas inconscientes se entrevén mediante la hipnosis, los sueños y los actos fallidos (“traiciones” que nos hace el inconsciente que dice o hace lo que conscientemente no hubiéramos dicho o hecho).

EL YO Y EL ELLO / En condiciones normales se descubre que el yo es seguro y establecido; esto es un engaño. Con la investigación psicoanalítica vemos que el yo continúa hacia dentro, sin límites, con una entidad psíquica inconsciente que se denomina ello. El inconsciente es inaccesible a la representación de la muerte propia, es sanguinario con los extraños y ambivalente con las personas amadas.

En la vida psíquica nada de lo formado puede desaparecer jamás. Todo se conserva. El olvido (como destrucción) no existe. Todo puede volver a surgir en circunstancias favorables.

La idea inconsciente es excluida de la conciencia por medio de la represión: “Todo acto psíquico comienza por ser inconsciente, y puede continuar siéndolo o progresar hasta la conciencia, desarrollándose según tropiece o no con una resistencia (…) Los impulsos de deseos que jamás han rebasado el “ello” o las impresiones que han sido hundidas en él por la represión, son virtualmente inmortales, se comportan, incluso pasados varios decenios, como si acabaran de ocurrir. Sólo se las puede reconocer como pertenecientes al pasado y despojar de su energía, si se las vuelve conscientes mediante la elaboración psicoanalítica”.

El yo es débil; incrustado entre el ello (el inconsciente) y el súper-yo (la conciencia moral), el yo lleva una vida nerviosa y angustiada.

El SÚPER-YO / Por medio de la cultura, la agresión es internalizada, devuelta al lugar de origen: el propio yo. La agresión se incorpora al yo, que en calidad de súper-yo se opone a la agresión y asume la función de conciencia, de moral. Esta agresividad ataca al yo con la misma agresividad que el yo habría satisfecho en los seres extraños. La cultura domina la agresión del hombre contra el ser extraño debilitando el propio hombre: “La tensión creada entre el severo súper-yo y el yo subordinado al mismo la calificamos de sentimiento de culpabilidad; se manifiesta bajo la forma de necesidad de castigo (…) El súper-yo tortura al pecaminoso yo con …  sensaciones de angustia”.

El súper-yo es la autoridad interior; la conciencia es una de las funciones que le atribuimos al súper-yo: vigila los actos e intenciones del yo y censura; el sentimiento de culpabilidad es la severidad del súper-yo y el rigor de la conciencia.

Según Freud, el súper-yo cultural y el súper-yo del individuo están relacionados: “El súper-yo de una época cultural determinada tiene un origen análogo al del súper-yo individual, pues se funda en la impresión que han dejado los grandes personajes (…) Ambos procesos -la evolución cultural de la masa y el desarrollo propio del individuo- siempre están … en cierta manera conglutinados (…) El súper-yo cultural ha elaborado sus ideas y sus normas (…) Tal como el planeta gira en torno de su astro central, además de rotar alrededor de su propio eje, así también el individuo participa en el proceso evolutivo de la humanidad, recorriendo al mismo tiempo el camino de su propia vida.”

EL SENTIMIENTO DE CULPABILIDAD / El sentimiento de culpabilidad tiene dos orígenes: uno es el miedo a la autoridad; el otro, el temor al súper-yo. La cultura y el súper-yo nos obligan a reprimir los instintos: “… el individuo ha trocado una catástrofe exterior amenazante -pérdida de amor y castigo por la autoridad exterior-, por una desgracia interior permanente: la tensión del sentimiento de culpabilidad”.

La conciencia se formó primitivamente por la supresión de una agresión. El sentimiento de culpabilidad de la especie humana procede del complejo de Edipo: “el precio pagado por el proceso de la cultura reside en la pérdida de felicidad por aumento  del sentimiento de culpabilidad.”

Los síntomas de la neurosis son, en esencia, satisfacciones sustitutivas de deseos sexuales no realizados: “Cuando un impulso instintual sufre la represión, sus elementos libidinales se convierten en síntomas y sus componentes agresivos, en sentimiento de culpabilidad.”

LA ANGUSTIA / En su excelente Introducción al psicoanálisis (Vorlesungen zur Einführung in die Psychoanalyse, 1917),conferencias pronunciadas en los años 1915, 1916 y 1917, Freud dedica un capítulo a la angustia (dentro de la “Teoría sexual”): “No creo tener necesidad de definir la angustia. Todos vosotros habéis experimentado, aunque sólo sea una vez en la vida, esta sensación, o, dicho con mayor exactitud, este estado afectivo”. En general se emplean como sinónimos los términos “nervioso” y “angustiado”, y esto es un error, puesto que “hay individuos “angustiados” que no padecen neurosis alguna, y, en cambio, neuróticos que no presentan entre sus síntomas el de la propensión a la angustia”. Y prosigue: “No afirmaré poder daros una solución completa, pero  … el psicoanálisis ha dedicado toda atención a este problema y trata de resolverlo (…) Existe … una angustia real, independiente por completo de la angustia neurótica, … muy racional y comprensible … reacción a la percepción de un peligro exterior, esto es, de un daño esperado y previsto. Esta reacción aparece enlazada al reflejo de fuga y podemos considerarla como una manifestación del instinto de conservación (…) Generalmente, la reacción a un peligro es un compuesto de sentimiento de angustia y acción defensiva. El animal asustado experimenta angustia y huye, pero únicamente la fuga responde a un fin, mientras que la angustia carece de él en absoluto (…) el estado de preparación ansiosa es útil y ventajoso, mientras que el desarrollo de angustia se nos muestra siempre como perjudicial y contrario al fin (…) la angustia se refiere tan sólo al estado, haciendo abstracción de todo objeto, mientras que en el miedo se halla … concentrada la atención sobre una determinada causa objetiva. La palabra “susto” [designa] el efecto de un peligro al que no nos hallábamos preparados por un previo estado de angustia (…) el hombre se defiende contra el susto por medio de la angustia”.

En El porvenir de una ilusión, Freud escribe que la figura de la madre es la primera en proteger al niño contra la angustia: “la madre, que satisface el hambre, se constituye en el primer objeto amoroso, y, desde luego, en la primera protección contra los peligros que nos amenazan desde el mundo exterior, en la primera protección contra la angustia”.

En El yo y el ello (Das Ich und das Es, 1923), Freud distingue la angustia ante la muerte de la angustia real objetiva de la angustia neurótica: “El principio de que todo miedo o angustia es, en realidad, miedo a la muerte no me parece encerrar sentido alguno. [Hay que] distinguir la angustia ante la muerte de la angustia real objetiva y de la angustia neurótica de la libido. El miedo a la muerte plantea al psicoanalista un difícil problema, pues la muerte es un concepto abstracto de contenido negativo, para el cual no nos es posible encontrar nada correlativo en el inconsciente.”

LAS FOBIAS / En El yo y el ello, Freud escribe que la angustia reside en el yo. La percepción del inconsciente, que el yo considera peligrosa, sale en forma de angustia. Las fobias nos “protegen” contra esta angustia. La explicación de este procedimiento es, a mi juicio, fascinante: “El yo es la verdadera residencia de la angustia (…) desarrolla el yo el reflejo de fuga, retirando su carga propia de la percepción amenazadora … en el ello y … emitiéndola en calidad de angustia. Esta reacción primitiva es sustituida luego por el establecimiento de cargas de protección (mecanismos de fobias)”.

En Obsesiones y fobias. Su mecanismo psíquico y su etiología (Obsessions et phobies. Leurs mécanisme et leur étiologie), artículo escrito originalmente en francés en 1894 (1895), Freud distingue las obsesiones de las fobias. Ambas suelen corregirse e incluso curarse: “En toda obsesión hay dos elementos: 1º Una idea que se impone al enfermo. 2º Un estado motivo asociado (…) en las fobias, este estado emotivo es siempre la angustia, mientras que en las obsesiones … puede ser … cualquier otro, tal como la duda, el remordimiento o la cólera (…) las obsesiones son múltiples y más especializadas … en cambio, las fobias, más bien monótonas y típicas (…) La angustia de este estado emotivo existente en el fondo de las fobias no se deriva de ningún recuerdo (…) la neurosis de angustia es también de origen sexual (…) Su etiología específica es la acumulación de la tensión genésica, provocada por la abstinencia o la irritación genésica frustada”.

LOS ACTOS FALLIDOS / En Introducción al psicoanálisis, Freud describe los actos fallidos  como fenómenos muy frecuentes y conocidos, observables en toda persona sana: “Son estos fenómenos aquellos a los que nosotros damos el nombre de funciones fallidas (Fehlleistungen) o actos fallidos (Fehlhandlungen), y que se producen cuando una persona dice una palabra por otra, escribe cosa distinta de lo que tenía intención de escribir, lee en un texto impreso o manuscrito algo distinto de lo que en el mismo aparece, u oye cosa diferente de que se dice (…) Otra serie de estos fenómenos se basa en el olvido; pero no en un olvido duradero, sino temporal”.

EL MALESTAR EN LA CULTURA

Según Freud, la vida es pesada, nos da sufrimiento, decepción y dificultad. Para soportar la vida, es necesario: 1) distracciones que nos hagan parecer pequeña nuestra miseria (hobbies, actividad científica); 2) satisfacciones sustitutivas (el arte); 3) narcóticos que nos hagan insensibles a la vida.

Todos los hombres aspiran a la felicidad: quieren llegar a ser felices, no quieren dejar de serlo. Hay un fin positivo (experimentar el placer) y otro negativo (evitar el dolor): “Ninguna regla … vale para todos; cada uno debe buscar por sí mismo la manera en que pueda ser feliz”. Freud lanza una crítica mordaz y genial a la religión: “La religión viene a perturbar este libre juego de elección y adaptación, al imponer a todos por igual su camino único para alcanzar la felicidad y evitar el sufrimiento. Su técnica consiste en reducir el valor de la vida y deformar delirantemente la imagen del mundo real (…) Las religiones de la humanidad deben ser consideradas como … delirios colectivos. Desde luego, ninguno de los que comparten el delirio puede reconocerlo jamás como tal.”

¿Por qué al hombre le resulta tan difícil ser feliz? Según Freud, porque el sufrimiento es más intenso que el placer. Sentimos el sufrimiento en el propio cuerpo condenado a la decadencia y la muerte (dolor y angustia); en el mundo exterior (supremacía de la Naturaleza); en las relaciones con otros seres humanos (familia, Estado, sociedad). Bajo la presión del sufrimiento, el hombre rebaja sus pretensiones de felicidad.  El sufrimiento es sólo una sensación: sólo existe cuando lo sentimos. “Ante situaciones de máximo sufrimiento … se ponen en función determinados mecanismos psíquicos de protección”. No podemos ponernos jamás en la piel de la gente que ha vivido la barbarie.

La satisfacción de los instintos da felicidad. La privación de la satisfacción de nuestros instintos (por el mundo exterior) es la causa de un intenso sufrimiento. La cultura siempre es represiva.

Según Freud, aniquilar los instintos (mediante el yoga o la meditación) es sacrificar la vida. El ermitaño huye del mundo (fuente del sufrimiento), pero o llegará muy lejos, pues la realidad es más fuerte. El artista es capaz de reorientar sus instintos (escapa de la frustación del mundo exterior) mediante la sublimación de los instintos. Según Freud, el arte es accesible a pocos, y el poder del arte produce placer pero es limitado para hacernos olvidar la miseria real.

El amor sexual nos proporciona, según Freud, la experiencia placentera más poderosa y nos forma un prototipo de felicidad. Es natural que sigamos buscando la felicidad por este camino. Jamás somos tan desgraciados como cuando perdemos el amor. El amor inhibido es en su origen un amor sexual; y sigue siéndolo, en el inconsciente. Según Freud, la belleza no tiene utilidad evidente, pero la cultura no puede prescindir de ella. Según el psicoanálisis, la belleza deriva de las sensaciones sexuales.

El hombre se niega a aceptar que las instituciones que él mismo ha creado (la cultura) traigan tanto sufrimiento. El hombre cae en la neurosis porque no puede soportar la frustación que le impone la sociedad y la cultura. El hombre sería más feliz si abandonara la cultura. El hombre no es feliz en la cultura actual, pero ¿lo era antes?

El progreso de la técnica no nos trae la felicidad. Según Freud, hablar por teléfono con nuestro hijo que se halla lejos conlleva placer, pero ese hijo no estaría lejos si el ferrocarril no hubiera sido inventado. Reducir la mortalidad infantil nos conlleva a tener más prudencia en la procreación, “obrando … en sentido opuesto a la benéfica selección natural”.

La cultura nos separa de los animales y sirve para protegernos de la Naturaleza y para regular las relaciones entre los hombres. El paso del poder individual al poder de la comunidad representa el paso hacia la cultura. La cultura va en contra de la libertad individual. Uno de los problemas del destino humano es si es posible una reconciliación entre la libertad individual y la colectiva. Una de las finalidades de la cultura es la aglutinación de los hombres en grandes unidades. El segregarismo, tan criticado años antes por Nietzsche, “adiestra” al ser humano, lo reprime, lo estrangula.

La mayor parte de las satisfacciones sexuales son prohibidas por la cultura como perversiones. Se impone una vida sexual idéntica para todos: el amor y sexo heterosexual es el único permitido (por suerte en el siglo XXI se empieza a aceptar el amor y sexo homosexual -aunque en muchos círculos (el religioso sobre todo), culturas y estados es aún prohibido-). Este amor heterosexual tiene restricciones: tiene que ser legítimo y monógamo. Según Freud, no se admite la sexualidad como fuente de placer en sí, sólo como instrumento de reproducción (actualmente, para todos aquéllos que tenemos la suerte de no haber sido educados -mutilados psíquicamente- por la religión, el sexo como placer ha dejado de ser una prohibición). Freud escribe que hasta ahora este instrumento de reproducción humana no ha podido ser sustituido (48 años más tarde de la publicación de El malestar en la cultura, en 1978, se produce en Inglaterra la primera FIV -fecundación in vitro-). Hay una antítesis entre cultura y sexualidad. En la relación amorosa no hay interés por el mundo exterior. Hay una autosuficiencia.

Frente a “Amarás al prójimo como a ti mismo”, Freud escribe que el amor es algo muy precioso y que no debe derrocharse. Si amo a alguien, es preciso que éste lo merezca. Sería injusto amar a un extraño, pues los míos aprecian mi amor como una preferencia. Según Freud, no todos los seres humanos merecen ser amados. El prójimo no debería recibir nuestro amor, sino más bien nuestro odio, a no ser que nos demuestre respeto: “Este ser extraño no sólo es en general indigno de amor, sino que -para confesarlo sinceramente- merece mucho más mi hostilidad y aun mi odio. No parece alimentar el mínimo amor por mi persona (…) Siempre que le sea de alguna utilidad, no vacilará en perjudicarme (…) le bastará experimentar el menor placer para que no tenga escrúpulo alguno en denigrarme, en ofenderme, en difamarme, en exhibir su poderío sobre mi persona (…) si me demostrase consideración y respeto … estaría dispuesto a retribuírselo de análoga manera (…) si ese … mandamiento rezara: “Amarás al prójimo como el prójimo te ame a ti” nada tendría yo que objetar”.

Según Freud, “Amarás a tus enemigos” es aún más inconcebible. Genera violencia. El hombre posee una gran agresividad. El prójimo es un objeto sexual y una tentación para satisfacer su agresividad, para humillarlo, hacerle sufrir, matarlo. “Homo homini lupis“. ¿Quién se atrevería a negar estas palabras después de la cruel experiencia histórica? Freud no vivió el Holocausto, pero sí vivió la Gran Guerra y pudo seguir el ascenso de la Alemania nazi, con sus Leyes Raciales de Nuremberg (1935) y la Kristallnacht (noche del 9 al 10 de noviembre de 1938), ejemplos extremos de la brutalidad y crueldad humanas.

Debido a esta hostilidad entre los hombres, la sociedad civilizada se ve constantemente al borde de la desintegración. En 1915, Freud publica Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte. Profundamente afectado por la Gran Guerra, Freud reflexiona sobre la guerra y la muerte: “Arrastrados por el torbellino de esta época de guerra … andamos descaminados (…) Mostramos una patente inclinación a prescindir de la muerte, a eliminarla de la vida (…) La muerte propia es inimaginable (…) la escuela psicoanalítica ha podido arriesgar el aserto de que, en el fondo, nadie cree en su propia muerte, o lo que es lo mismo, que en lo inconsciente todos nosotros estamos convencidos de nuestra inmortalidad (…) Lo que llamamos nuestro inconsciente -los estratos más profundos de nuestra alma, constituidos por impulsos instintivos- no conoce … nada negativo, ninguna negación -los contrarios se funden en él-, y, por tanto, no conoce tampoco la muerte propia, a la que sólo podemos dar un contenido negativo (…) Ante el muerto  … adoptamos una actitud … como de admiración a alguien que ha llevado a cabo algo muy difícil. Le eximimos de toda crítica; le perdonamos, eventualmente, todas sus faltas”.

Cuando se vive la muerte de un ser amado, el hombre se derrumba: no quiere consolarse ni sustituir al ser perdido: “Esta actitud nuestra ante la muerte ejerce … una poderosa influencia sobre nuestra vida. La vida se empobrece, pierde interés … Se hace entonces tan sosa y vacía como un flirt americano”. La cultura nos trae esa sustitución de la vida empobrecida: “buscaremos en la ficción, en la literatura y en el teatro una sustitución de tales renuncias (…) ¿No sería mejor dar a la muerte, en la realidad y en nuestros pensamientos, el lugar que le corresponde…? (…) Si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte (…) La muerte no se deja ya negar; tenemos que creer en ella. Los hombres mueren de verdad, y no ya aisladamente, sino muchos, decenas de millares, y a veces, en un día”.

Freud, en una exposición magistral, llega a la conclusión de que el hombre, en el fondo, tiene un gran deseo de matar. El mandamiento “No matarás” es prueba de ello: “Una prohibición tan terminante sólo contra un impulso igualmente poderoso puede alzarse. Lo que ningún alma humana desea no hace falta prohibirlo (…) Somos, como los hombres primitivos, una horda de asesinos”.

En una carta a Einstein de 1932, Freud contesta a la pregunta de Einstein “¿Qué podría hacerse para evitar a los hombres el destino de la guerra?” con una interesante exposición sobre la guerra. El intercambio epistolar se publicó en 1933 bajo el título ¿Por qué la guerra? (Warum Krieg?). Las leyes de la comunidad determinan la renuncia a la libertad de violencia personal para que sea posible una segura vida en común. Pero desde un principio la comunidad está formada por elementos de poderío dispar, por hombres y mujeres, hijos y padres, y, a causa de la guerra, también por vencedores y vencidos (amos y esclavos): “Hay desigual distribución del poder y las leyes serán hechas por y para los dominantes (…) una ojeada a la historia de la Humanidad nos muestra una serie ininterrumpida de conflictos entre una comunidad y otra (…) parece que la tentativa de sustituir el poderío real por el poderío de las ideas está condenada por el momento al fracaso (…) el derecho fue originalmente fuerza bruta y … aún no puede renunciar al apoyo de la fuerza”. Según Freud, sólo es posible impedir las guerras si los hombres se ponen de acuerdo en establecer un poder central (una especie de ONU, pero efectiva y justa, no desastrosa e hipócrita, títere de EEUU, como es la ONU actual). En su carta a Einstein, Freud hace una genial exposición de la teoría de los instintos de Eros y de muerte: “Usted expresa su asombro por el hecho de que sea tan fácil entusiasmar a los hombres para la guerra, y sospecha que algo, un instinto del odio y de la destrucción, obra en ellos facilitando ese enardecimiento (…) Nosotros creemos en la existencia de semejante instinto, y precisamente durante los últimos años hemos tratado de estudiar sus manifestaciones (…) los instintos de los hombres no pertenecen más que a dos categorías: o bien son aquéllos que tienden a conservar y a unir -los denominamos “eróticos” … o “sexuales” … o bien son los instintos que tienden a destruir y a matar: los comprendemos en los términos “instintos de agresión” o “de destrucción” (…) Es sumamente raro que un acto sea obra de una única tendencia instintiva, que por otra parte ya debe estar constituida en sí misma por Eros y destrucción (…) Uno … de estos instintos es tan imprescindible como el otro, y de su acción conjunta y antagónica surgen las manifestaciones de la vida (…) Así, el instinto de conservación, por ejemplo, sin duda es de índole erótica, pero justamente él precisa disponer de la agresión para efectuar su propósito. Análogamente, el instinto del amor objetal necesita un complemento del instinto de posesión para lograr apoderarse de su objeto. La dificultad para aislar en sus manifestaciones ambas clases de instintos es la que durante tanto tiempo nos impidió reconocer su existencia (…) el placer de la agresión y de la destrucción: innumerables crueldades de la Historia y de la vida diaria destacan su existencia y su poderío (…) Nuestro instinto de destrucción … obra en todo ser viviente, ocasionando la tendencia de llevarlo a su desintegración (…) El instinto de muerte se torna instinto de destrucción cuando … es dirigido hacia afuera, hacia los objetos. El ser viviente protege en cierta manera su propia vida destruyendo la vida ajena. Pero una parte del instinto de muerte se mantiene activa en el interior del ser (…) Si la disposición a la guerra es un producto del instinto de destrucción, lo más fácil será apelar al antagonista de ese instinto: al Eros. Todo lo que establezca vínculos afectivos entre los hombres debe actuar contra la guerra”. Freud escribe: “¿Por qué nos indignamos tanto contra la guerra, usted, y yo, y tantos otros? ¿Por qué no la aceptamos como una más entre las muchas dolorosas miserias de la vida? Parece natural; biológicamente bien fundada; prácticamente casi inevitable (…)  La respuesta será que todo hombre tiene derecho a su propia vida; que la guerra destruye vidas humanas llenas de esperanzas; coloca al individuo en situaciones denigrantes; lo obliga a matar a otros, cosa que no quiere hacer; destruye costosos valores materiales, productos del trabajo humano, y mucho más (…) Uno se asombra al observar que las guerras aún no han sido condenadas por el consejo general de todos los hombres”.

Según Freud, la cultura puede destruir la especie humana (ya que reprime los instintos) pero puede también salvar al hombre de la guerra: “desde tiempos inmemoriales se desarrolla en la Humanidad el proceso de la evolución cultural … [llamado] “civilización”. A este proceso debemos lo mejor que hemos alcanzado, y también buena parte de lo que ocasiona nuestros sufrimientos (…) Quizá lleve a la desaparición de la especie humana, pues inhibe la función sexual (…) Entre los caracteres psicológicos de la cultura, dos parecen ser los más importantes: el fortalecimiento del intelecto, que comienza a dominar la vida instintiva, y la interiorización de las tendencias agresivas, con todas sus consecuencias ventajosas y peligrosas”. Freud, que presentó al mundo tan genialmente el hombre agresivo, cruel y terrible, fue un gran pacifista, y condenó abiertamente la guerra: “nos alzamos contra la guerra … no la soportamos más, y no se trata aquí de una aversión intelectual y afectiva, sino que en nosotros, los pacifistas, se agita una intolerancia constitucional, por así decirlo, una idiosincrasia magnificada al máximo (…) ¿Cuánto deberemos esperar hasta que también los demás se tornen pacifistas? Es difícil decirlo, pero quizá no sea una esperanza utópica la de que la influencia de estos dos factores -la actitud cultural y el fundado temor a las consecuencias de la guerra futura- pongan fin a los conflictos bélicos (…) todo lo que promueva el desarrollo de la cultura trabaja también contra la guerra”.

Freud escribe que los países vecinos, “hermanos”, son los que más se pelean y odian entre sí: españoles y portugueses, alemanes del norte y del sur, ingleses y escoceses. En la actualidad, el ejemplo por excelencia sería el conflicto entre israelíes y palestinos, ambos semitas, vecinos, “hermanos” (conflicto que, desgraciadamente, no parece debilitarse después de 63 años de enfrentamientos, odios, venganzas y sangre).

En la Antigüedad, los romanos no tenían un estado basado en los ideales del amor, pero eran tolerantes con las religiones. En cambio, cuando Pablo (envenenador de la vida y los siglos venideros, según Michel Onfray y su Traité d’athéologie) hizo del “amor universal” el “fundamento” del cristianismo, nació una cruel intolerancia y una brutal represión hacia los gentiles.

Muchas de las ideas de El malestar en la cultura aparecen antes en El porvenir de una ilusión, (Die Zukunft einer Illusion, 1927): un ensayo genial sobre la ilusión de la religión, sobre la cultura y la humanidad: “La cultura humana (…) comprende todo el saber y el poder conquistados por los hombres para llegar a dominar las fuerzas de la Naturaleza … y … todas las organizaciones necesarias para regular las relaciones de los hombres entre sí (…) cada individuo es … un enemigo de la civilización (…) los hombres … sienten como un peso intolerable los sacrificios que la civilización les impone para hacer posible la vida en común (…) la cultura ha de ser defendida contra el individuo (…) Mientras que en el dominio de la Naturaleza ha realizado la Humanidad continuos progresos y puede esperarlos aún mayores, no puede hablarse de un progreso análogo en la regulación de las relaciones humanas (…) Puede creerse en la posibilidad de una nueva regulación de las relaciones humanas, que cegará las fuentes del descontento ante la cultura, renunciando a la coerción y a la yugulación de los instintos …. Esto sería la edad de oro, pero es muy dudoso que pueda llegarse a ello (…) todos los hombres integran tendencias destructoras -antisociales y anticulturales-“.

Según Freud, las generaciones futuras podrían ser educadas por “hombres intelectualmente superiores”: hombres con un profundo conocimiento  de las necesidades de la vida y que supieran dominar sus propios deseos instintivos: “Es preciso … educar una capa superior de hombres dotados de pensamiento independiente, inaccesibles a la intimidación … a los cuales corresponda la dirección de las masas dependientes (…) los abusos de los poderes del Estado y la censura del pensamiento por la Iglesia, de ningún modo pueden favorecer esta educación. La situación ideal sería, naturalmente, la de una comunidad de hombres que hubieran sometido su vida instintiva a la dictadura de la razón (…) Pero con toda probabilidad esto es una esperanza utópica (…) Podemos preguntarnos … de dónde habrán de surgir aquellos hombres superiores, prudentes y desinteresados que hayan de actuar como conductores de las masas y educadores de las generaciones futuras (…) Probablemente cierto tanto por ciento de la Humanidad permanecerá siempre asocial, a consecuencia de una disposición patológica o de una exagerada energía de los instintos. Pero si se consigue reducir a una minoría la actual mayoría hostil a la cultura, se habrá alcanzado mucho, quizá todo lo posible”.

En Psicología de las masas (Massenpsychologie und Ich-Analyse, 1921), Freud analiza la psicología individual (la relación con los padres, con los hermanos, con el ser amado, con el psicoanalista…) y la psicología colectiva (el individuo dentro de una tribu, el pueblo, la clase social o la institución). El instinto social no es, según Freud, un instinto primario. El origen del instinto social se halla en la familia. Freud se pregunta qué es una masa y por qué medios ejerce una influencia tan decisiva sobre el individuo. La base de la conciencia moral es la “angustia social”. Freud hace un análisis lúcido y genial de las masas,  que ayuda a entender los -ismos ideológicos y los fanatismos religiosos: “La multitud es impulsiva, versátil e irritable y se deja guiar casi exclusivamente por lo inconsciente (…) Nada en ella es premeditado. Aun cuando desea apasionadamente algo, nunca lo desea mucho tiempo, pues es incapaz de una voluntad perseverante. No tolera aplazamiento alguno entre el deseo y la realización. Abriga un sentimiento de omnipotencia. La noción de lo imposible no existe para el individuo que forma parte de una multitud (…) La multitud es extraordinariamente influenciable y crédula (…) Las multitudes llegan rápidamente a lo extremo (…) Un principio de antipatía pasa a constituir en segundos un odio feroz (…) la multitud no reacciona sino a estímulos muy intensos. Para influir sobre ella es inútil argumentar lógicamente. En cambio, será preciso presentar imágenes de vivos colores y repetir una y otra vez las mismas cosas (…) en una masa desaparecen todas las inhibiciones individuales, mientras que todos los instintos crueles, brutales y destructores, residuos de épocas primitivas, latentes en el individuo, despiertan y buscan su libre satisfacción (…) La multitud es un dócil rebaño incapaz de vivir sin amo. Tiene tal sed de obedecer que se somete instintivamente a aquel que se erige su jefe (…) La masa da al individuo la impresión de un poder ilimitado y de un peligro invencible”.

El nivel intelectual de la masa es siempre inferior al del individuo. Las grandes creaciones del pensamiento, los grandes descubrimientos son frutos del individuo aislado. Sin embargo, el alma colectiva también es capaz de creaciones geniales, como el lenguaje y el folclore. La conducta moral de la masa puede estar por encima o por debajo de la ética individual. En las masas, las ideas opuestas coexisten sin estorbarse. Lo mismo ocurre en el niño y en el neurótico. Las masas no quieren la verdad; piden ilusiones. El predominio de lo imaginario y de la ilusión frente a la verdad es característico de las neurosis. Freud se pregunta: ¿se ha tornado la cultura, la humanidad, neurótica?

La ética debe ser concebida como una tentativa terapéutica; debe eliminar el mayor obstáculo de la cultura: la agresión de los hombres. Las exigencias éticas son por lo general muy difíciles de llevar a cabo por los hombres, ya que el yo no tiene autoridad sobre el ello: “Aun en los seres pretendidamente normales la dominación sobre el ello no puede exceder determinados límites. Si las exigencias los sobrepasan, se produce en el individuo una rebelión o una neurosis, o se le hace infeliz”.

Freud dijo que el psicoanálisis no es una filosofía ni una concepción del mundo. Jacques Lacan propuso un retorno a Freud. Según Lacan, en el psicoanálisis no hay lugar para la ética. Sobre el inconsciente, Lacan escribe: “L’inconscient est ce chapitre de mon histoire qui est marqué par un blanc ou occupé par un mensonge” (Fonction et champ de la parole et du langage en psychanalyse, 1956). “L’inconscient, c’est le discours de l’autre” (Écrits II, 1966).

En El porvenir de una ilusión, Freud escribe que el hombre ha evolucionado desde los tiempos primitivos. La transformación paulatina de la coerción exterior en coerción interna es una de nuestras evoluciones como animales sociales: “En todo niño podemos observar el proceso de esta transformación, que es la que hace de él un ser moral y social. Este robustecimiento del súper-yo es uno de los factores culturales psicológicos más valiosos (…) Cuanto mayor sea su número en un sector de cultura, más segura se hallará ésta y antes podrá prescindir de los medios externos de coerción”.

Muchos hombres sólo obedecen las prohibiciones culturales bajo presión de la coerción externa: “Infinitos hombres civilizados, que retrocederían temerosos ante el homicidio o el incesto, no se privan de satisfacer su codicia, sus impulsos agresivos y sus caprichos sexuales, ni de perjudicar a sus semejantes con la mentira, el fraude y la calumnia, cuando pueden hacerlo sin castigo, y así viene sucediendo, desde siempre, en todas las civilizaciones”.

La civilización actual deja insatisfecha a la mayoría. Las clases sociales oprimidas sienten una gran hostilidad contra la cultura: “una cultura que deja insatisfecho a un núcleo tan considerable de sus partícipes y los incita a la rebelión no puede durar mucho tiempo, ni tampoco lo merece”.

Para Freud, el arte no es una salvación (al contrario de Nietzsche y Ortega) pero produce una gran satisfacción y es un arma poderosa para escapar de la realidad: “La satisfacción que el arte procura … permanece inasequible a las masas, absorbidas por el trabajo agotador y poco preparadas por la educación (…) el arte ofrece satisfacciones sustitutivas compensadoras de las primeras y más antiguas renuncias impuestas por la civilización al individuo …y … es lo único que consigue reconciliarle con sus sacrificios”.

Según Freud, si se suprime la civilización, queda el estado de la naturaleza, que es mucho más difícil de soportar. Los peligros con que nos amenaza la Naturaleza (terremotos, inundaciones, tempestades, enfermedades y la muerte) son los que han llevado al hombre a crear la civilización.

LA MUJER / Las mujeres, según Freud, se oponen a la corriente cultural; tienen una influencia conservadora. Aquí se muestra la nefasta tradición histórico-filosófica que deja fuera a la mujer de toda sublimación intelectual y cultural (descrita por Simone de Beauvoir en Le deuxième sexe I, 1949 (Tomo I, Capítulo I: Les donnés de la biologie). La mujer ha sido descalificada por la mayoría de los filósofos: según Pitágoras, hay un principio bueno que ha creado el orden, la luz y el hombre y un principio malo que ha creado el caos, las tinieblas y la mujer; Platón agradece a los dioses por ser libre y no esclavo, y por ser hombre y no mujer; según Aristóteles, la mujer es hembra en virtud de una cierta falta de cualidades; Rousseau escribe: “Les femmes, en général, n’aiment aucun art, ne se connaissent à aucun, et n’ont aucun génie” (Lettre à d’Alembert); para Hegel, los hombres viven para lo público y el Estado, y las mujeres, para lo privado y la familia. Los escandalosos escritos de Schopenhauer y Nietzsche en contra de la mujer son penosos. Schopenhauer escribe: “Las mujeres son el sexus sequior (el segundo sexo), inferior al masculino en todo respecto; uno debe perdonar sus defectos, pero rendirles veneración es sumamente ridículo y nos degrada ante sus ojos” y “Las mujeres no tienen verdadero talento ni sensibilidad para la música, la poesía o las artes plásticas; cuando simulan poseerlo y se ufanan de ello, se trata de un mero remedo, surgido de su afán de agradar”. Nietzsche escribe (Ecce homo: “Por qué escribo yo libros tan buenos“, 1888): “¡Ay, qué peligrosos, insinuantes, subterráneos animalillos de presa! (…) La mujer es indeciblemente más malvada que el hombre, también más lista; la bondad en la mujer es ya una forma de degeneración”.

Según Freud, la obra cultural es obra masculina. Las mujeres representan los intereses de la familia y la vida sexual. Los hombres subliman sus instintos (y crean la cultura); la mujer está escasamente dotada para sublimar sus instintos. La mujer tiene una actitud hostil frente a la cultura. Simone de Beauvoir (Tout compte fait, 1972) escribe que al final de su vida, Freud confesó que nunca había entendido nada de las mujeres. El prejuicio machista de su entorno y su época condicionó a Freud a considerar a la mujer como un hombre incompleto, un hombre castrado. Hay pasajes sobre la mujer realmente escandalosos en la obra de Freud. En Sobre la sexualidad femenina (Über die weibliche Sexualität, 1931) Freud escribe: “[La mujer] reconoce el hecho de su castración, y con ello también la superioridad del hombre y su propia inferioridad” (p. 158); “la niña pequeña descubre su propia deficiencia ante la vista de un órgano genital masculino (…) se aferra … a la expectativa de adquirir alguna vez un órgano semejante” (pp. 162, 163); “al final de esa primera fase de vinculación a la madre emerge, como motivo más poderoso para apartarse de ella, el reproche de no haberle dado a la niña un órgano genital completo … el de haberla traído al mundo como mujer” (p. 164).

CRÍTICA A LA RELIGIÓN / Según Freud, la religión es incongruente e infantil. Estoy totalmente de acuerdo (esta idea, que ya se encuentra en Nietzsche, es recogida por Michel Onfray en su genial Traité d’athéologie, 2005). Los dioses son invenciones culturales con un precedente infantil. En El porvenir de una ilusión, Freud hace una exposición magistral de la génesis de la religión: “De niños, todos hemos pasado por un período de indefensión con respecto a nuestros padres … que nos inspiraba un profundo temor, aunque al mismo tiempo estábamos seguros de su protección contra los peligros (…) el hombre no transforma … las fuerzas de la Naturaleza en seres humanos, a los que puede tratar de igual a igual … sino que las reviste de un carácter paternal y las convierte en dioses, conforme a un prototipo infantil (…) las representaciones religiosas han nacido de la misma fuente que todas las demás conquistas de la cultura: de la necesidad de defenderse contra la abrumadora prepotencia de la Naturaleza (…) Dios es una superación del padre, y la necesidad de una instancia protectora -la nostalgia de un padre-“.

Los principios religiosos son aceptados como ciertos por la absurda razón de que nuestros antepasados creyeron en ellos. Nuestros antepasados eran mucho más ignorantes que nosotros y creían en cosas inaceptables hoy en día (como que la Tierra era plana). Es muy probable que ocurra lo mismo con la religión. Por otro lado, está totalmente prohibido cuestionar la religión: tal atrevimiento se castigó en épocas pasadas y se sigue castigando. Que se prohiba cuestionar la religión ¿no es acaso muy sospechoso?: “[las ideas religiosas] no son precipitados de la experiencia ni conclusiones del pensamiento: son ilusiones (…) ¿Habremos de obligarnos acaso a creer cualquier absurdo? … ¿por qué precisamente éste? No hay instancia alguna superior a la razón (…) Una ilusión no es lo mismo que un error (…) fue una ilusión de Cristóbal Colón creer que había descubierto una nueva ruta para llegar a las Indias (…) También podemos calificar de ilusión la afirmación de ciertos nacionalistas de que los indogermanos son la única raza susceptible de cultura, o la creencia -que sólo el psicoanálisis ha logrado desvanecer- de que los niños eran seres sin sexualidad (…) Que el Mesías haya de llegar y fundar una edad de oro es ya menos verosímil, y al enjuiciar esta creencia la clasificaremos …. bien entre las ilusiones, bien entre las ideas delirantes (…) [Los dogmas religiosos] son … ilusiones indemostrables, y no es lícito obligar a nadie a aceptarlos como ciertos. Hay algunos tan inverosímiles y tan opuestos a todo lo que trabajosamente hemos llegado a averiguar sobre la realidad del mundo, que, salvando las diferencias psicológicas, podemos compararlos a las ideas delirantes (…) La labor científica es … el único camino que puede llevarnos al conocimiento de la realidad exterior  (…) No decimos que sería muy bello que hubiera un dios creador del mundo …, un orden moral universal y una vida de ultratumba; pero encontramos harto singular que todo suceda así tan a medida de nuestros deseos. Y sería más extraño aún que nuestros pobres antepasados, ignorantes y faltos de libertad espiritual, hubiesen descubierto la solución de todos estos enigmas del mundo”.

Si las doctrinas religiosas no son más que ilusiones, habremos de preguntarnos si acaso no son también ilusiones otra herencias de nuestro patrimonio cultural. Hay muchos hombres que sólo pueden soportar la vida con el consuelo de la religión.

EL DESTINO DEL HOMBRE / Thomas Mann, en Freud y el porvenir, reconoce a Freud como el precursor de un humanismo futuro: “Estoy completamente convencido de que alguna vez se reconocerá en la obra de Freud uno de los sillares más importantes que han sido aportados a la nueva antropología … y, con ello, al cimiento del porvenir, a la casa de una humanidad más inteligente y más libre (…) Este psicólogo médico será honrado … como el precursor de un humanismo del porvenir que nosotros presentimos … de un humanismo que con las fuerzas del inframundo, de lo inconsciente, del “ello” mantendrá unas relaciones más atrevidas, más libres y serenas, más maduras artísticamente de las que pudo mantener una humanidad como la actual, acosada por la angustia neurótica y por el odio nacido de ella (…) El saber psicoanalítico es algo que transforma el mundo”.

Según Freud, el destino del hombre dependerá de si la cultura puede actuar contra el instinto de agresión y autodestrucción: “Nuestros contemporáneos han llegado a tal extremo en el dominio de las fuerzas elementales, que con su ayuda les sería más fácil exterminarse mutuamente hasta el último hombre. Bien lo saben, y de ahí buena parte de su … agitación, de su infelicidad y su angustia”.

La cultura reprime los instintos pero “protege” a la sociedad. Los instintos agresivos exteriores del hombre se tornan en instintos agresivos interiores. Con el fenómeno cultural, se padecen neurosis, pero se pretende que la Humanidad no se autodestruya. Para acabar con cierto humor, y señalando el poder de la cultura, querría recordar al profesor David Dobel (Anything Else, 2003), creado por Woody Allen, que les enseña arte a sus alumnos para que, según él, no se droguen, se peleen o se maten.

Antonia Tejeda Barros, Madrid, 7 de junio de 2011.

Bibliografía:

Belaval, Yvon (dirección), La filosofía en el siglo XX, capítulos “Freud” (Marthe Robert) y “Evolución histórica del psicoanálisis” (Jean-Luc Donnet), Siglo XXI, Buenos Aires, 2002

Freud, Sigmund, Tótem y tabú, Alianza Editorial, S. A., Madrid, 2011

Freud, Sigmund, El malestar en la cultura, Alianza Editorial, S. A., Madrid, 1990

Freud, Sigmund, “Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte” (1915), “Metapsicología” (conjunto de trabajos publicados entre 1913 y 1917 en “Internationaler Zeitschrift für Psychoanalyse”), publicados en El malestar en la cultura (y otros ensayos), Alianza Editorial, S. A., Madrid, 1990

Freud, Sigmund, “Psicología de las masas” (1921) y “El porvenir de una ilusión” (1927), publicados en Psicología de las masas (Psicología de las masas. Más allá del principio del placer. El porvenir de una ilusión), Alianza Editorial, S. A., Madrid, 2010

Freud, Sigmund, “El yo y el ello” (1923), “Obsesiones y fobias. Su mecanismo psíquico y su etiología” (1894), publicados en El yo y el ello y otros escritos de metapsicología, Alianza Editorial, S. A., Madrid, 2009

Freud, Sigmund, “Carta a Time & Tilde” (1938), publicada en Moisés y la religión monoteísta (y otros ensayos), Alianza Editorial, S. A., Madrid, 2001

Freud, Sigmund,”Sobre la sexualidad femenina”, publicado en Tres ensayos sobre teoría sexual y otros escritos, Alianza Editorial, S. A., Madrid, 2012

Nietzsche, Friedrich, Ecce homo, Alianza Editorial, S. A., Madrid, 2008

Mann, Thomas, “El puesto de Freud en la historia del espíritu moderno” (Conferencia de 1929, Munich) y “Freud y el porvenir” (Conferencia de 1936, Viena), publicada en Schopenhauer. Nietzsche. Freud., Alianza Editorial, S. A., Madrid, 2008

Said, Edward Wadie, Freud and the non-europeans, Verso & the Freud Museum, London, 2003

Schopenhauer, Arthur, El arte de tratar con las mujeres (título y selección de Fabio Morales), Alianza Editorial, S. A., Madrid, 2011

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2 Responses to El malestar en la cultura

  1. Juan Manuel says:

    Quiero agradecerte por el trabajo que te tomaste al elaborar esta entrada. Te hacés entender y acercás una pluralidad de intertextualidades a “El malestar en la cultura”. Y por cierto, todo muy prolijamente. De nuevo: ¡gracias!

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